top of page

HOY SOMOS TODOS CEUTA

  • hace 4 días
  • 6 min de lectura


Hoy no basta con indignarse desde casa. No basta con escribir un mensaje en una red social, discutir en un grupo de WhatsApp o maldecir delante del televisor. Hoy toca salir. A los ayuntamientos, a las plazas, a los lugares donde se han convocado concentraciones de apoyo a los vecinos de Ceuta. Porque lo sucedido allí no puede despacharse como una incidencia fronteriza más, ni esconderse detrás de uno de esos eufemismos administrativos con los que este Gobierno intenta convertir cualquier desastre político en una cuestión semántica.


Lo de Ceuta ha sido una invasión.


Podrán llamarlo episodio migratorio, presión fronteriza, entrada irregular masiva o inventarse mañana cualquier expresión suficientemente larga como para evitar pronunciar la palabra incómoda. Pero cuando una entrada masiva de personas desborda una frontera, ocupa las calles de una ciudad española, altera la vida cotidiana de sus vecinos, afecta a sus comercios y obliga al Estado a reaccionar ante una situación excepcional, los ciudadanos tienen perfecto derecho a llamarlo como lo han vivido: una invasión.


Y hoy somos todos Ceuta.


Pero las concentraciones de hoy tienen una importancia que va mucho más allá de Ceuta. Porque hoy también nos está mirando Europa. Nos mira Marruecos. Nos miran quienes llevan demasiado tiempo contemplando una España políticamente anestesiada, aparentemente incapaz de reaccionar mientras su Gobierno toma decisiones y después pretende presentarlas en Bruselas y ante el resto del mundo como si detrás de ellas estuviera todo un país.


Ese es uno de los grandes trucos del sanchismo: confundir Gobierno con España.


Pedro Sánchez habla y parece hablar España. Su Gobierno adopta una política y automáticamente pretende convertirla en la posición de los españoles. Y cuando fuera de nuestras fronteras no se percibe una respuesta social contundente, resulta extraordinariamente sencillo vender la fotografía: España está de acuerdo. España respalda esta política. España acepta esta gestión migratoria. España comparte esta manera de relacionarse con Marruecos.


Pues no.


Hoy precisamente se trata de romper esa fotografía.


España no es Pedro Sánchez. España tampoco es el PSOE. Ni siquiera España es el conjunto de partidos sentados en el Congreso. España también son millones de ciudadanos que trabajan, pagan impuestos, cumplen las leyes, educan a sus hijos, mantienen sus negocios y tienen todo el derecho del mundo a decir que no están de acuerdo con la dirección en la que su Gobierno está llevando determinadas políticas.


Y conviene dejar otra cosa meridianamente clara antes de que empiece la habitual máquina de colocar etiquetas: quienes hoy salgamos a la calle no somos, por hacerlo, partidarios del Partido Popular. Tampoco somos partidarios de Vox. Ni de ninguna otra formación política.


Somos sociedad civil.


Parece mentira que haya que explicarlo, pero en la España actual casi resulta revolucionario recordar que un ciudadano puede pensar y actuar sin esperar instrucciones de la sede de un partido. Podemos organizarnos solos. Podemos convocarnos solos. Podemos protestar solos. Podemos decidir que algo ha llegado demasiado lejos sin que Génova, Ferraz o cualquier otro despacho tenga que entregarnos previamente una pancarta y un argumentario.


Sabemos organizarnos porque somos adultos. Sabemos pensar porque somos ciudadanos. Sabemos hasta dónde puede llegar un Gobierno y, sobre todo, sabemos hasta dónde no queremos permitir que nos lleve un Gobierno como el de Pedro Sánchez.

Eso se llama sociedad civil.


Y quizá algunos hayan olvidado que existe.


Porque una democracia no consiste en votar cada cuatro años y regresar obedientemente a casa hasta que vuelvan a abrir los colegios electorales. También consiste en vigilar al poder, criticarlo, organizarse, protestar y recordarle periódicamente que las instituciones pertenecen a los ciudadanos y no a quienes temporalmente las ocupan.


Durante demasiado tiempo nos han acostumbrado a una España donde parece que solamente pueden movilizarse determinadas causas. Hay manifestaciones respetables y manifestaciones sospechosas. Pancartas progresistas y pancartas peligrosas. Ciudadanos comprometidos y ciudadanos a los que inmediatamente se les coloca una etiqueta política para evitar escuchar lo que están diciendo.


Por eso ya conocemos el argumentario que intentará desacreditar las concentraciones de hoy.


Que si la extrema derecha. Que si los ultras. Que si la manipulación. Que si determinadas organizaciones internacionales. Que si una campaña perfectamente diseñada para desgastar al Gobierno. Que si los vecinos están siendo utilizados políticamente.


Siempre la misma canción.


Porque resulta mucho más cómodo llamar facha al ciudadano que preguntarse por qué ese ciudadano ha decidido salir a la calle.


Y no, señores del sanchismo: Pedro Sánchez no es tan importante.

No todo gira alrededor de él. No toda protesta pretende derribarlo. No todo ciudadano que discrepa está conspirando contra el Gobierno y no todo español que defiende sus fronteras lleva escondido en el bolsillo el carné del PP o de Vox.


Ese desprecio intelectual hacia los ciudadanos quizá sea una de las características más irritantes de esta época: si apoyas al Gobierno eres un ciudadano consciente; si discrepas, alguien te está manipulando. Si sales por una causa bendecida por la izquierda, ejerces tus derechos. Si sales contra una política del Gobierno, inmediatamente hay que investigar quién está detrás.


Pues detrás estamos nosotros.

Ciudadanos. Nada más y nada menos.


Los españoles que hoy salgan a defender Ceuta lo harán porque hay momentos en los que un país necesita recordar que existe independientemente de quien ocupe temporalmente la Moncloa.


Hoy es uno de esos momentos.


Hoy toca demostrar a Marruecos que España no es solamente un Gobierno al que se puede presionar diplomáticamente mientras la sociedad contempla el espectáculo desde el sofá. Toca demostrar a nuestros socios europeos que existe una parte de la sociedad española que exige fronteras controladas, soberanía respetada y seguridad para quienes viven en territorio español.

Y sobre todo toca decirles algo a los ceutíes.


Que no están solos.


Porque detrás de cada gran discurso sobre inmigración hay personas que viven en los lugares donde las consecuencias dejan de ser estadísticas. Personas que tienen que abrir una tienda al día siguiente, llevar a sus hijos al colegio, caminar por sus calles y preguntarse qué demonios está haciendo el Estado mientras ellos soportan una situación que desde determinados despachos se analiza cómodamente con palabras cuidadosamente escogidas.


Ceuta no puede convertirse en el laboratorio donde España experimente hasta dónde puede llegar nuestra resignación.


Hay límites.


Y una frontera nacional es uno de ellos. Hoy no se sale contra quienes vienen buscando una vida mejor. No se sale contra una raza, una religión ni una nacionalidad. Se sale a defender algo mucho más elemental: que un Estado tiene derecho a controlar sus fronteras, que una ciudad española tiene derecho a vivir con seguridad y que ningún Gobierno puede convertir la ausencia de protesta en consentimiento.


Porque callarse también produce fotografías. Y durante demasiado tiempo la fotografía que hemos enviado al exterior ha sido la de un país que aguanta cualquier cosa.


Hoy tenemos la oportunidad de enviar otra.


La de miles de españoles reuniéndose pacíficamente para decir que Ceuta importa, que nuestras fronteras importan y que nuestra soberanía no depende del argumentario político de ningún Gobierno. Después podrán llamarnos lo que quieran. Fachas. Ultras. Manipulados. Alarmistas. Agitadores. Víctimas de una conspiración internacional de la derecha. A estas alturas solamente falta que nos expliquen que Putin, Trump y Netanyahu han organizado también las concentraciones delante de nuestros ayuntamientos.


Que digan lo que quieran.


Mientras ellos buscan una etiqueta con la que despreciar a quien protesta, nosotros deberíamos recordar algo mucho más sencillo: manifestarse pacíficamente contra las decisiones de un Gobierno no es atacar la democracia. Es ejercerla.


Y precisamente por eso hoy no debería importar a quién votó cada uno ayer ni a quién piensa votar mañana. Hoy hay algo anterior a cualquier partido: Ceuta.


Una ciudad española cuyos vecinos necesitan comprobar que detrás de ellos existe un país. Y también una sociedad que necesita volver a comprobar que todavía es capaz de levantarse del sofá, organizarse y decir basta cuando considera que sus gobernantes han cruzado una línea.


Hoy nos mira Ceuta. Hoy nos mira Marruecos. Hoy nos mira Europa.

Pero, sobre todo, hoy tenemos que mirarnos nosotros mismos y decidir qué clase de país queremos ser: uno que contempla en silencio cómo otros deciden hasta dónde puede defender sus propios intereses o uno cuya sociedad civil recuerda a cualquiera que esté escuchando que España no pertenece a ningún Gobierno.


Ni al PSOE. Ni al PP. Ni a Vox. Ni a ningún partido.


España pertenece a sus ciudadanos.

Los gobiernos pasan. Los presidentes pasan. España queda.

Hoy somos todos Ceuta.


Miguel Ángel Arranz

bottom of page