Marlaska no se entera: parece una broma o no tanto

Hay que empezar a contemplar una posibilidad que hasta hace poco parecía una broma: Fernando Grande-Marlaska realmente no se entera de nada.
No es que mienta. No es que disimule. No es que practique ese viejo deporte gubernamental consistente en descubrir los problemas exactamente cinco minutos después de que los publique un periódico. Quizá sea mucho más sencillo: a lo mejor el ministro del Interior, sencillamente, no sabe lo que ocurre en Interior. Y eso casi sería peor.
Porque cuando aparecen informaciones policiales sobre lo sucedido en Ceuta, cuando se habla de una intrusión violenta y fronteriza, cuando los propios cuerpos dependientes de su ministerio manejan información relevante sobre cómo se produjeron los acontecimientos, Marlaska vuelve a aparecer con cara de señor que pasaba casualmente por allí.
Él no sabía. Él no estaba informado. Él no tenía conocimiento.
Nunca sabe nada. Llegados a este punto, solo falta que nos expliquen que la Policía trabaja clandestinamente dentro del Ministerio del Interior y que sus informes son redactados en algún sótano secreto para evitar que el ministro pueda encontrarlos accidentalmente.
Porque, claro, siempre queda el recurso de desacreditar al mensajero. Ya sabemos cómo funciona esto. Si un informe policial resulta incómodo, enseguida aparecerá alguien dispuesto a insinuar que determinados policías tienen intereses políticos, que existen sectores conservadores en las fuerzas de seguridad, que alguien pretende desgastar al Gobierno o que detrás de todo hay una operación perfectamente organizada.
La Policía será facha. Los jueces serán fachas. Los periodistas que publiquen lo que no conviene serán fachas. Los funcionarios que documenten lo que ha ocurrido serán sospechosos. A este ritmo, el único español completamente neutral será el que no pregunte nada.
Pero aceptemos por un momento la versión más favorable para Marlaska.
Supongamos que es verdad. Supongamos que no sabía nada.
Entonces tenemos un problema monumental.
Porque Fernando Grande-Marlaska no es el ministro de Agricultura, ni el de Cultura, ni un secretario de Estado perdido en un edificio administrativo. Es el ministro del Interior. Bajo su responsabilidad política se encuentran precisamente las estructuras del Estado encargadas de conocer, prevenir y gestionar asuntos relacionados con la seguridad y las fronteras.
Por eso decir “yo no sabía” no constituye necesariamente una defensa. Puede constituir una confesión de incompetencia. Quizá el problema no sea que nadie le informe. Quizá el problema sea que nadie espera ya demasiado de informarle. Quizá algún mando policial piense: “¿Para qué vamos a contárselo?”. Quizá existe tal desconexión entre la realidad operativa y la dirección política que los informes circulan, las alertas existen, los agentes trabajan y, mientras tanto, el ministro habita una dimensión paralela donde todo va razonablemente bien.
Porque hay otra diferencia fundamental que Marlaska debería explicarnos: no saber no es lo mismo que no querer saber. El primero puede ser un fallo. El segundo es una decisión.
Y después de tantos años resulta legítimo preguntarse cuántas horas dedica realmente el ministro a conocer personalmente qué está ocurriendo en las áreas más delicadas de su departamento. Cuántas reuniones mantiene con los responsables operativos. Cuántas preguntas hace. Cuántas explicaciones exige. Cuántas veces golpea una mesa preguntando por qué determinada información no llegó hasta él.
Porque gobernar también consiste en querer enterarse. No basta con sentarse en el Consejo de Ministros. No basta con comparecer ante las cámaras. No basta con aparecer cuando toca defender la versión oficial. Un ministro del Interior tiene la obligación política de construir un sistema en el que la información importante llegue hasta su mesa.
Y si no llega, debe averiguar por qué.
Y si llegó y no la atendió, debe explicarlo. Y si llegó y ahora dice que no la conocía, tenemos un problema diferente. Pero todas las carreteras terminan en el mismo sitio: Fernando Grande-Marlaska.
Eso es precisamente lo que parece haber olvidado buena parte del Gobierno. Los ministros no son comentaristas de la Administración que dirigen. Son sus responsables políticos. No pueden observar cada escándalo desde la barrera y explicar después que determinado policía hizo esto, determinado funcionario aquello y determinado mando no les contó no sé qué.
Para eso existe la responsabilidad política. Y por eso empieza a resultar extraordinariamente cómico escuchar una y otra vez que Marlaska no sabía.
Pues quizá sea verdad. Quizá hemos sido injustos sospechando durante todos estos años que sabía perfectamente lo que ocurría. A lo mejor Fernando Grande-Marlaska realmente no se entera. Pero entonces la pregunta deja de ser qué sabía el ministro.
La pregunta es mucho más sencilla:
¿qué hace todavía siendo ministro?
Miguel Ángel Arranz
.png)




