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SÁLVESE QUIEN PUEDA

  • 28 ago
  • 3 min de lectura


Ya ha empezado. Cuando un Gobierno deja de discutir sobre cómo resolver una crisis y comienza a discutir públicamente sobre quién sabía qué, quién avisó a quién y quién recibió o no recibió determinada información, la cuestión ha cambiado. Ya no se trata únicamente de Ceuta. Se trata de encontrar al culpable. O, mejor dicho, de procurar que el culpable sea otro.


Y Margarita Robles parece haber comprado todas las papeletas.


La contradicción ya no puede esconderse. Robles sostiene que el CNI hizo su trabajo y que el 29 de julio trasladó a la Delegación del Gobierno información sobre una convocatoria para intentar entrar a nado al día siguiente. Fernando Grande-Marlaska mantiene que no existió ningún informe que permitiera anticipar lo sucedido. La Delegación del Gobierno en Ceuta niega haber recibido ese aviso. Y otros miembros del Ejecutivo, entre ellos Ángel Víctor Torres, se han alineado con la versión de Interior. Ya no estamos ante una diferencia de matices. Estamos ante miembros del mismo Gobierno contradiciéndose sobre una cuestión esencial: quién sabía qué antes de que estallara la crisis.


Sálvese quien pueda.


Porque cuando las versiones empiezan a enfrentarse de esta manera dentro de un mismo Consejo de Ministros, resulta legítimo preguntarse si estamos asistiendo a una discusión sobre los hechos o al comienzo del reparto de responsabilidades. Y aquí conviene observar quién se está quedando progresivamente sola. Robles defiende al CNI y sostiene que hubo comunicación. Interior dice que no. La Delegación dice que no. Otros miembros del Gobierno respaldan la versión de Interior. Demasiados contra una.


Y en política esas casualidades existen bastante menos de lo que nos quieren hacer creer.


Pedro Sánchez sabe que Ceuta no es una crisis cualquiera. Hay una población que se ha sentido abandonada, una discusión sobre seguridad y soberanía, un Ejército desplegado, servicios de inteligencia cuestionados, una oposición exigiendo responsabilidades y una crisis que ha trascendido nuestras fronteras. El agua está demasiado revuelta: en Ceuta, en la opinión pública, en las instituciones y también fuera de España.


Cuando un Gobierno llega a semejante situación necesita una explicación. Pero, sobre todo, necesita que esa explicación no termine señalando al presidente.


Porque esa es precisamente la especialidad de determinados liderazgos políticos: los éxitos pertenecen al presidente y los fracasos siempre encuentran un ministro disponible.


Por eso tengo la impresión de que estamos contemplando los primeros movimientos para construir un cortafuegos político alrededor de Pedro Sánchez. Conviene distinguir los hechos de la interpretación: no existe, que sepamos, ninguna prueba pública de que Sánchez haya decidido destituir a Margarita Robles. Pero los movimientos políticos permiten formular una pregunta bastante incómoda: ¿están preparando a Robles para convertirla en el chivo expiatorio de Ceuta?


La operación sería perfecta. Si el CNI sabía algo, Defensa tendrá que explicar qué sabía. Si esa información no llegó correctamente, alguien tendrá que responder. Si llegó y nadie actuó, alguien tendrá que explicar por qué. Y si finalmente resulta imposible reconstruir quién hizo qué, siempre queda la solución política más antigua del mundo: cortar una cabeza y presentarla ante la opinión pública como demostración de que se han asumido responsabilidades.


Naturalmente, procurando que la cabeza nunca sea la del presidente.


Y Robles tiene además un problema añadido: está defendiendo públicamente a sus servicios. No está aceptando que el CNI sea utilizado como coartada para explicar que nadie podía saber absolutamente nada. Ha decidido mantener su versión mientras otros miembros del Gobierno mantienen la contraria.


Eso en un Gobierno fuerte sería una discrepancia que habría que aclarar. En un Gobierno acorralado puede convertirse en una sentencia.


Porque Pedro Sánchez necesita un relato. No puede presentarse ante los españoles diciendo simplemente que nadie sabía nada, nadie vio nada, nadie recibió nada y, pese a todo, ocurrió todo. Alguien tendrá que cargar políticamente con el desastre.

Y ya están levantando la mano para señalar a Robles.


Lo verdaderamente revelador no será comprobar si finalmente cae la ministra. Será observar cuántos de sus compañeros correrán a explicar que ellos no sabían nada, que nadie les informó y que sus respectivos departamentos actuaron impecablemente.


Porque cuando un barco atraviesa una tormenta hay dos clases de tripulantes: quienes intentan mantenerlo a flote y quienes empiezan a buscar un salvavidas.


En el Gobierno de España parece haber comenzado el reparto de salvavidas. Y Pedro Sánchez, como siempre, tiene reservado el primero.


Miguel Ángel Arranz

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