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AYUSO, NO TODO EL MUNDO VA A POR TI

hace 7 minutos
2 min de lectura


Isabel Díaz Ayuso tiene un problema. Y esta vez no se lo ha creado Pedro Sánchez, ni Mónica García, ni la izquierda madrileña. Tiene un problema con las explicaciones. O, mejor dicho, con la falta de ellas.


Porque lo del ático de más de seis millones de euros adquirido por una empresa pública de la Comunidad de Madrid necesita algo más que una frase ingeniosa o el habitual argumento de que todo forma parte de una persecución política.


Primero iba a ser una oficina temporal. Después conocimos que también se contemplaba como alojamiento ocasional para autoridades. La presidenta reconoce haber visitado el inmueble, pero asegura que no ordenó comprarlo ni tenía intención de vivir allí. Finalmente, se puso a la venta y la subasta quedó desierta.


Y seguimos necesitando una explicación clara: quién tomó la decisión, por qué se eligió ese inmueble y qué necesidad tenía la Comunidad de Madrid de realizar semejante operación. No hablamos de una compra particular. Hablamos de dinero público.


Que la izquierda madrileña mantenga una confrontación política con Ayuso no convierte automáticamente en falsas todas sus preguntas. No todo vale para defenderse, ni siquiera cuando quien pregunta es tu adversario.


Ayuso empieza a desarrollar lo que podríamos llamar el síndrome de Pedro Sánchez: ese mecanismo por el que, entre una polémica y quien gobierna, siempre tiene que aparecer un tercero al que responsabilizar. En Sánchez, la derecha, los jueces o los medios. En Ayuso, la izquierda, Moncloa o quienes supuestamente tienen una fijación personal con ella.

Siempre hay alguien. Siempre existe una persecución. Siempre se habla antes del enemigo que del asunto que ha provocado la polémica. Y no, no siempre es así. Puede haber denuncias partidistas y estrategias de desgaste; ninguna de ellas elimina la obligación de responder cuando se gestiona dinero público.


Lo preocupante es que, de tanto combatir políticamente a Pedro Sánchez, Ayuso parece haber adoptado algunos de sus mecanismos de defensa. Al final, el síndrome es el mismo. Solo cambia el enemigo al que se señala.


Cuando se pregunta por una operación inmobiliaria de una empresa pública, no se interroga a Isabel Díaz Ayuso como ciudadana particular. Se pregunta a la presidenta de la Comunidad de Madrid. Y los madrileños tienen derecho a conocer los responsables, los informes y las razones de aquella compra y de su posterior intento de venta.


No hace falta que lo pregunte el PSOE. Puede hacerlo cualquier madrileño que crea que seis millones de euros merecen una explicación convincente. Y tampoco hace falta que exista un delito para exigir explicaciones administrativas o responsabilidades políticas: son planos diferentes.


La transparencia no consiste en responder solo a quienes te caen bien. Consiste en hacerlo precisamente cuando la pregunta incomoda. Ayuso representa también a quienes no la votaron y a quienes simplemente quieren saber qué se hace con su dinero.


Si considera que toda la operación fue correcta, que lo explique con documentos, fechas y argumentos. Pero que deje de refugiarse permanentemente en el «van a por mí». Una cosa es el desgaste político y otra muy distinta que eso te exima de rendir cuentas.


Señora Ayuso, no todo el mundo va a por usted. Algunos simplemente queremos explicaciones. Y usted, como presidenta, tiene la obligación política de darlas.


Miguel Ángel Arranz

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