top of page

La metamorfosis de Aitor Retolaza: del látigo a la genuflexión

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 30 jun 2025
  • 3 Min. de lectura

Me trago todos los plenos municipales, uno tras otro, con estoicismo. A pesar del bajísimo nivel político que se respira —una mezcla de lugares comunes, réplicas vacías y egos sobredimensionados—, sigo cada intervención con atención. Y por si no fuera suficiente, también me leo mensualmente las columnas de opinión que cada portavoz firma en el semanario SIETE DÍAS. Un ejercicio de masoquismo político, podría decirse, pero necesario para entender la verdad que se esconde entre líneas. Porque más allá del autobombo institucional que inunda el resto de la revista municipal , esas columnas son la única pista sobre las verdaderas relaciones de poder en Alcobendas.


Y si hay una evolución digna de estudio en este teatro de sombras, esa es la del portavoz de Futuro Alcobendas, Aitor Retolaza. Un partido sin apenas afiliados, sin estructura real y sin una base ciudadana sólida, pero con una habilidad descomunal para colocarse siempre en la rendija por la que sopla el viento.


Las tres o cuatro primeras columnas que firmó Retolaza al inicio de la legislatura eran un ataque frontal, sin disimulos, contra la alcaldesa. La señalaba, la acusaba, la desnudaba políticamente. El mensaje era claro: él no venía a comulgar con la continuidad, venía a denunciar. Pero bastó con que empezaran a llegar ciertos beneficios —puestos, favores, visibilidad, influencia— para que el tono comenzara a suavizarse. Como quien se da cuenta de que morder la mano que puede alimentarte es mala estrategia.


Desde entonces, Retolaza ha dejado de ser látigo y se ha ido convirtiendo en susurro. El tono crítico sigue presente, sí, pero ahora es comedido, casi estético, sin molestar demasiado.


Ya no es una oposición real: es la estética de la oposición, útil solo para que parezca que hay pluralidad democrática en el Ayuntamiento. La realidad es que su discurso se ha adaptado como un guante a sus intereses personales.


Pero el detalle más revelador de esta transformación no está en lo que dice, sino en cómo se asegura de que su sumisión pase inadvertida. Antes de cada columna, Retolaza consulta con los asesores de la tercera planta del Ayuntamiento —la planta del poder y del márketing institucional— para calibrar el tono. Pide permiso para modular sus halagos, para que parezcan espontáneos. Que no se note demasiado la genuflexión. Que parezca oposición, pero que se entienda el guiño. Una forma de maquillaje político que no busca el bien común, sino la supervivencia personal, aunque seguramente algún escribano audaz de esa tercera planta se la escriba.


Retolaza es experto en eso que en política se llama clientelismo de nuevo cuño: no necesita colocar a medio partido en el Ayuntamiento porque no tiene partido. Le basta con negociar para sí mismo. Se mueve bien en los pasillos, teje pactos de conveniencia, y consigue réditos sin necesidad de grandes estructuras. Es la política del trinque suave, indirecto, pero eficaz.


Y mientras tanto, el ciudadano de a pie sigue creyendo que hay alguien ahí que representa una alternativa. Craso error. Lo que hay es un político profesionalizado en la supervivencia, que aprendió rápido que en Alcobendas el que alza demasiado la voz no recibe nada, y el que pacta en silencio consigue asiento, foco y favores.


Lo peor no es la evolución de Retolaza, que al fin y al cabo responde a la lógica más cruda de la política oportunista. Lo peor es que esta deriva no escandaliza a nadie, porque hemos normalizado la traición al votante como una simple estrategia de posicionamiento. Ya ni siquiera se disimula.


Y ahí seguimos: leyendo columnas, viendo plenos, y soportando cómo algunos se hacen fuertes no desde la coherencia, sino desde la calculadora.


Miguel Ángel Arranz

bottom of page