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Las ínfulas constructivas de la Señora Rocio Alcántara

  • 19 feb
  • 3 Min. de lectura


Hay algo profundamente revelador en anunciar un funicular en Alcobendas como si estuviéramos hablando de una ciudad alpina o de un enclave turístico internacional. No es ingenuidad. Es desconexión.


Cuando un gobierno municipal decide colocar sobre la mesa un proyecto de este calibre, no está pensando en el vecino que sortea baches cada mañana, ni en el comerciante que ve cómo la basura se acumula en su calle, ni en el padre que pierde media vida en atascos absurdos. Está pensando en la foto. En el titular. En la inauguración.


Porque el funicular no responde a una necesidad real. Responde a una necesidad estética, hay otras soluciones más sencillas y más económicas ( lo digo como vecino de la Zaporra )


Estas ínfulas constructivas solo surgen cuando uno está muy fuera de la realidad. Cuando se gobierna mirando hacia fuera y no hacia dentro. Cuando la prioridad no es arreglar lo que falla, sino construir algo que brille lo suficiente como para que desde fuera alguien diga: “Qué modernos”.


Y no es nuevo. Ya lo vimos con el antecesor en el cargo del Partido Popular: el famoso puente en 3D de plástico que no solucionaba absolutamente nada, el anuncio de una ola artificial para surfear en Alcobendas como si estuviéramos en la costa australiana, el macrocentro comercial con el lago “más grande de Europa” como reclamo casi temático. Proyectos de escaparate. Proyectos para impresionar. Proyectos para la maqueta.


Es decir, esto no es un error puntual. Está en el ADN político de Rocio Alcántara . En eso sí que no han cambiado. Por mucho que intenten vender renovación, por mucho que pretendan marcar distancia con el pasado, vuelven siempre al mismo reflejo: espectáculo, anuncio, render, inauguración.


Mientras tanto, su vecina, también gobernada por el Partido Popular, sí ha sido capaz de atraer proyectos estructurales, de los que generan valor añadido real. Ahí está el ejemplo de la llegada de una universidad pública, la Universidad Politécnica de Madrid, que supone talento, empleo cualificado, dinamismo económico sostenido y proyección académica. Eso sí transforma una ciudad.


La comparación es inevitable. Desde hace años, San Sebastián de los Reyes está pasando por la derecha —nunca mejor dicho— a Alcobendas en este terreno. Mientras unos consolidan tejido educativo y productivo, otros siguen presentando maquetas brillantes.


Y, como si fuera una obsesión recurrente, vuelve siempre el mismo “proyecto estrella”: la remodelación de la calle Constitución. Parece que no existe otra calle. Parece que no hay otros barrios. Como si el resto de la ciudad fuera decorado secundario y solo hubiera un escenario principal que hay que reformar una y otra vez para que luzca en la foto institucional.


Mientras tanto, los problemas reales siguen ahí: la limpieza deficiente, el tráfico desbordado, la sensación de inseguridad en determinadas zonas, el deterioro silencioso de barrios que no salen en las presentaciones institucionales. Esos son los asuntos incómodos. Los que exigen gestión diaria, decisiones difíciles y menos marketing.


Pero claro, arreglar una red de limpieza no da una gran foto. Optimizar el tráfico no permite cortar cintas. Reforzar la seguridad no llena titulares vistosos. En cambio, un funicular sí. Una “Ciudad del Pádel” sí. Reformar por enésima vez la misma calle sí.


El patrón es evidente. Parece haberse instaurado una competición por ver quién presenta la inversión más llamativa de cara al exterior. Todo bajo el discurso de atraer capital. Pero lo que realmente se está haciendo es sustituir la gestión por el espectáculo.


Lo más preocupante no es el funicular en sí. Es lo que simboliza: una forma de gobernar que prioriza la apariencia sobre la eficacia. Que gobierna para el resto del mundo y no para sus vecinos.


Alcobendas no necesita atracciones. Necesita proyecto.


Y para rematar, uno ya imagina el ritual interno: el séquito adulador de asesores y responsables de gabinete celebrando la “repercusión increíble” de la noticia, midiendo impactos, contando menciones, inflando métricas digitales como si eso arreglara una sola acera. Mucha analítica, mucha palmadita en la espalda… y la ciudad esperando.


Porque mientras unos celebran el ruido, otros sufren la realidad.


Y ahí está la diferencia.


Miguel Ángel Arranz

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