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La Moraleja agoniza: de emblema residencial a moneda de cambio electoral

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 30 jun 2025
  • 1 Min. de lectura

La Moraleja, durante décadas símbolo de exclusividad y buen vivir en el norte de Madrid, agoniza lenta y silenciosamente. Lo que fue un referente de urbanismo residencial privilegiado hoy es solo una pieza más en el tablero político de Alcobendas, utilizada, cambiada y olvidada cuando deja de servir.


Los políticos lo saben. Sus propietarios también. Y, sin embargo, nadie lo dice en voz alta: las viviendas pierden valor día tras día, el mantenimiento es deficiente, la inseguridad aumenta y los servicios públicos brillan por su ausencia. Pero eso sí, cuando llega campaña electoral, todos redescubren La Moraleja, se pasean con promesas de mejora, sacan sonrisas de catálogo y prometen lo que saben que jamás cumplirán. La historia se repite elección tras elección.


¿Y a quién mandan a gestionar La Moraleja desde el Ayuntamiento? Siempre al concejal sobrante, al que molesta en la tercera planta del consistorio, al que necesitan tener lejos de decisiones reales. Porque gestionar La Moraleja no es prioridad: es una penitencia política.


El resultado es demoledor. La falta de inversión, de visión y de respeto por una de las zonas más emblemáticas de España ha convertido La Moraleja en una urbanización sin rumbo, donde los vecinos ya no esperan mejoras, sino que rezan por no seguir retrocediendo. El mercado lo refleja: las propiedades se devalúan poco a poco, como quien pierde un trozo de historia con cada ladrillo ignorado.


La Moraleja no necesita promesas. Necesita dignidad. Y eso no se compra con votos ni se improvisa en campaña.


Miguel Ángel Arranz

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