Ahora la invasión la provocó Trump y un funcionario

Ya tenemos culpables. Donald Trump y un funcionario. Era cuestión de tiempo.
Empiezan a aparecer voces de la izquierda, de la prensa lamebotas, de influencers y youtubers —precisamente esos cuya credibilidad empieza a estar bajo sospecha por demasiadas razones— insinuando que lo ocurrido en Ceuta y la presión sobre la frontera española habrían sido coordinados o alentados desde Estados Unidos porque existiría un supuesto interés en cambiar el signo político de Europa.
Fantástico. Cuando la realidad resulta incómoda, siempre queda fabricar una realidad alternativa.
Esto es exactamente lo que significa construir un relato. Primero se introduce una sospecha. Después se repite. Luego aparecen tertulianos, cuentas en redes sociales y supuestos expertos que empiezan a hablar de ello como una posibilidad perfectamente razonable. Y, finalmente, la posibilidad termina convertida en explicación política. No hacen falta pruebas sólidas. Basta con repetirlo suficientes veces.
Y ahora tenemos una segunda teoría circulando: la del funcionario. Un funcionario del Estado supuestamente sabía que esto iba a ocurrir y no informó. Y asunto resuelto. Ya tenemos al hombre que, por lo visto, tenía en sus manos la seguridad nacional y decidió guardarse la información en un cajón.
Como si en España trabajara una sola persona en el CNI. Como si existiera un único funcionario en los servicios y departamentos de información. Como si Policía, Guardia Civil, inteligencia, Interior y los distintos órganos encargados de analizar riesgos dependieran de un señor sentado delante de un ordenador que un buen día decidió no contarle nada a nadie.
Si existieron alertas previas y alguien las ocultó, que se investigue hasta el final y se depuren responsabilidades. Pero utilizar la supuesta actuación de un funcionario como explicación suficiente para exonerar políticamente a todo un aparato del Estado resulta bastante más difícil de comprar. Precisamente para eso existen estructuras, cadenas de mando, mecanismos de coordinación y responsabilidades políticas.
Porque cuando falla el Estado no basta siempre con encontrar al último funcionario de la cadena.
Y mientras buscamos a Trump y al misterioso funcionario detrás de cada movimiento, evitamos hablar de lo verdaderamente incómodo: España ha sufrido una entrada masiva e irregular de personas por su frontera. Podemos discutir las causas, las responsabilidades de Marruecos, la respuesta humanitaria necesaria y todos los matices que queramos. Pero hay una realidad física que ningún relato puede borrar: la frontera española fue desbordada y los ciudadanos de Ceuta han tenido que convivir directamente con sus consecuencias.
Ahora resulta que también ellos son sospechosos.
Y hay algo todavía más insultante en el discurso de determinada izquierda contemporánea española: deslizar que los ceutíes son poco menos que tontos. Que están siendo manipulados. Que alguien de la extrema derecha les está calentando la cabeza y que, pobrecitos, no son capaces de comprender lo que verdaderamente está sucediendo delante de sus propias casas.
Esta es la izquierda de salón que tenemos en nuestro país. Una izquierda capaz de explicar desde un despacho, una tertulia o una cuenta de Twitter lo que debería sentir una persona que vive a cientos de kilómetros. Porque, naturalmente, el ceutí no protesta porque haya visto alterada radicalmente su vida cotidiana. Protesta porque alguien le ha manipulado.
No pueden aceptar algo muchísimo más sencillo: que hay ciudadanos que han visto sus calles desbordadas, negocios que no han podido desarrollar su actividad con normalidad y vecinos que sienten una inseguridad que antes no sentían. Se podrá discutir la dimensión de cada episodio y habrá que evitar generalizaciones injustas, pero negar el miedo o el hartazgo de quien lo está viviendo es una obscenidad política.
Si un ceutí protesta porque no quiere que determinadas instalaciones sean utilizadas por quienes han entrado irregularmente, extrema derecha. Si exige recuperar la normalidad en sus playas, radical. Si pide seguridad, racista. Si reclama que una frontera sirva precisamente para lo que existen las fronteras, impedir que cualquiera pueda atravesarla al margen de la ley, fachosfera.
La maquinaria lingüística vuelve a funcionar: fachosfera, bulosfera, extrema derecha radical. Palabras convertidas en etiquetas que permiten evitar el debate de fondo. Porque resulta mucho más sencillo desacreditar a quien formula una pregunta que contestarla.
Y la pregunta es bastante sencilla: ¿tiene España derecho a controlar quién entra en su territorio?
Porque si la respuesta es sí, habrá que asumir que quienes viven en Ceuta tienen exactamente el mismo derecho que cualquier otro español a exigir que el Estado controle sus fronteras, proteja sus calles y garantice que puedan utilizar sus playas, instalaciones y espacios públicos con normalidad. Defender eso no convierte a nadie automáticamente en racista ni en extremista.
Trump, los influencers de derechas, la fachosfera, los bulos, los radicales, los racistas, los ceutíes manipulados y ahora un funcionario que, al parecer, llevaba él solo sobre sus hombros todo el sistema de inteligencia del Estado.
Todos culpables menos quienes gobiernan España y tienen la responsabilidad política de gestionar nuestras fronteras y dirigir los organismos que deben anticiparse a amenazas de esta naturaleza.
Eso empieza a parecerse demasiado a la agonía de un Gobierno incapaz de construir una explicación convincente de lo sucedido. Un Gobierno que debe responder ante Europa, ante sus socios y, sobre todo, ante los españoles, pero que parece mucho más cómodo buscando culpables exteriores, subordinados interiores y conspiraciones internacionales que explicando sus propias decisiones.
Y existe una sensación todavía peor: que en La Moncloa empiezan a comportarse como quien cree que políticamente ya no tiene demasiado que perder. No sé si a este Gobierno le quedan ocho meses, diez o más. Eso lo decidirán las circunstancias políticas y, cuando corresponda, los españoles. Lo que sí parece evidente es que gobernar como si el final estuviera descontado sería una irresponsabilidad monumental.
Porque las fronteras seguirán existiendo cuando Sánchez abandone La Moncloa. Ceuta seguirá allí. Marruecos seguirá allí. Y los españoles que hoy están soportando las consecuencias también.
Pero tranquilos.
Ya sabemos quiénes fueron.
Trump y un funcionario.
Miguel Ángel Arranz
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