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Desde prohibir a buscar culpables. El deporte favorito del SANCHISMO S.A

  • hace 6 días
  • 2 min de lectura


Ni fumo ni bebo alcohol, así que, en teoría, debería estar encantado con buena parte de las nuevas cruzadas regulatorias del Gobierno. Pues no. Lo que me preocupa es una deriva que va mucho más allá de discutir si se puede fumar en una terraza o a determinada distancia de una puerta: ¿en qué momento gobernar se convirtió en prohibir? Tenemos un Gobierno progresista, socialista, feminista, ecologista y prácticamente cualquier otra palabra terminada en ista, pero resulta curioso cómo conjuga sus verbos dependiendo de a quién se dirija. Para determinados sectores siempre se habla de implementar: ayudas, subvenciones, organismos, observatorios, estructuras y nuevas políticas. Implementar significa casi siempre más presupuesto y más Estado. Sin embargo, cuando se trata de sectores productivos, autónomos, hosteleros, comerciantes o determinados comportamientos ciudadanos, el verbo cambia: se limita, se restringe, se fiscaliza, se prohíbe, se sanciona y, finalmente, se recauda.


No discuto que fumar sea perjudicial ni que deban existir restricciones para proteger a terceros. El problema comienza cuando la prevención, la educación y la responsabilidad individual son sustituidas sistemáticamente por prohibiciones y sanciones. Y todavía resulta más preocupante cuando detrás de cada conducta prohibida parece necesario encontrar a alguien que responda económicamente: si el infractor es un menor y no puede pagar, aparecen los padres. Hemos pasado de buscar soluciones a buscar responsables y, de buscar responsables, a buscar pagadores. Sería mucho más difícil preguntarse por qué los jóvenes empiezan a fumar, qué está fallando en la educación o qué políticas preventivas funcionan realmente. Pero prohibir cabe en un BOE; educar necesita años. Hemos construido así una política donde cada problema necesita una ley, cada ley una prohibición, cada prohibición una sanción y cada sanción alguien que pague.


Una sociedad necesita normas, pero una democracia adulta también necesita ciudadanos adultos. Existe una frontera muy fina entre proteger y tutelar, entre regular y controlar, y entre gobernar una sociedad y pretender administrar la vida de quienes viven en ella. Hoy será el tabaco; mañana encontraremos otra conducta que corregir, otro colectivo al que señalar y otra sanción que imponer. Quizá algún día nuestros gobernantes descubran algo verdaderamente progresista: que gobernar no consiste en prohibir lo que no te gusta, subvencionar lo que te gusta y multar a quien queda en medio. Porque cuando una política necesita constantemente prohibiciones, culpables y sanciones para demostrar que funciona, quizá haya llegado el momento de buscar al culpable en otro sitio. Y empezar por quien gobierna.


Miguel Ángel Arranz

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