¿Dónde está el Rey?
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 17 dic 2025
- 2 Min. de lectura

En un país sacudido por la corrupción, por escándalos de acoso sexual que afectan al entorno del poder y por casos que brotan desde el mismo corazón del Gobierno, hay una pregunta que empieza a incomodar: ¿dónde está el jefe del Estado?
¿Dónde están los Reyes? ¿Dónde está Felipe VI?
Siempre se nos repite el mismo mantra: el Rey no gobierna, no decide, no se inmiscuye en política. Es una figura arbitral, simbólica, representativa. Bien. Aceptemos eso. Pero entonces habrá que revisar seriamente qué entendemos por jefe del Estado. Porque si su función se limita a representar a España fuera, lo mínimo exigible es que esa España sea representable sin sonrojo.
Y hoy, objetivamente, no lo es.
No se le pide a Felipe VI que convoque elecciones, que cese ministros o que dé órdenes al Gobierno. Nadie sensato pide eso. Se le pide algo mucho más elemental: que marque un límite moral. Que dé una señal. Que haga saber —aunque sea de forma discreta, privada, institucional— que lo que está ocurriendo no es normal, no es aceptable y no puede asumirse como ruido de fondo.
Porque el silencio también comunica. Y ahora mismo comunica deserción.
El Rey habla, sí. Habla el 24 de diciembre, en el discurso de Navidad. Habla el 6 de enero, en la Pascua Militar. Y, cuando toca, en aperturas solemnes de legislatura. Siempre con textos medidos, asépticos, cuidadosamente neutros. Pero el país no está viviendo tiempos neutros. Está viviendo una degradación institucional evidente.
Mientras tanto, la Jefatura del Estado parece reducida a un boletín familiar: dónde estudian las hijas del Rey, en qué fase de formación están, si una está en el Ejército o en el extranjero. Poco más. Como si la Corona existiera en una burbuja ajena a lo que ocurre en la calle y en las instituciones.
Y eso es un problema. Porque si el Rey solo aparece cuando todo está tranquilo, pero desaparece cuando el sistema cruje, entonces su papel queda seriamente cuestionado. No jurídicamente, sino políticamente y moralmente.
Si el jefe del Estado no puede ni siquiera incomodarse ante el deterioro democrático, entonces no es un jefe del Estado: es un embajador de lujo.
Y quizá haya llegado el momento de decirlo claro. Sin rodeos. Como son las cosas.
Miguel Angel Arranz





