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No a la guerra (comienza el circo)

  • 5 mar
  • 2 Min. de lectura

Hay frases que en política no son convicciones: son herramientas. Y en España hay un lema que la izquierda ha usado como si fuera una llave maestra para abrir cualquier debate y, sobre todo, para cerrar cualquier problema propio. Ese lema es el viejo “No a la guerra”.


Cada vez que aparece, el espectáculo está garantizado. No porque exista una reflexión seria sobre conflictos internacionales, ni porque de repente haya surgido una conciencia moral colectiva. No. Aparece porque toca activar el circo.


Volvemos a lo mismo que ya funcionó hace años contra la derecha. El eslogan fácil, la pancarta preparada, el puño en alto —que siempre queda muy fotogénico— y la aparición en tromba de esa fauna perfectamente reconocible: artistas subvencionados, opinadores profesionales, activistas de salón y todo ese ecosistema que vive cómodamente a la sombra del Estado.


Todos repitiendo la misma consigna como si hubieran descubierto de repente la ética internacional. Pero la verdad es mucho más simple: a casi ninguno le importa la guerra.


No les importa Palestina. No les importa Irán. No les importa Ucrania.

No les importa absolutamente nada que no afecte a su comodidad o a su narrativa.


Lo que les importa es el claim, el titular, la consigna que permita ocupar el espacio mediático y, de paso, blindar su pequeña burbuja moral. Porque la progresía española tiene una característica muy particular: se cree moralmente superior al resto del país. Superior en ética. Superior en inteligencia. Superior en conciencia social. Y desde ese pedestal reparten certificados de humanidad mientras viven como una aristocracia ideológica perfectamente acomodada.


En este contexto aparece Pedro Sánchez, con esa solemnidad estudiada al milímetro que tan bien maneja. Pausa calculada. Mirada grave. Y la frase: “No a la guerra.”


Como si estuviera pronunciando una sentencia histórica. Pero nadie debería confundirse. Cuando Sánchez activa ese botón no está hablando de geopolítica. Está haciendo política doméstica.


Porque los patrones se repiten una y otra vez. Con Israel se anunció el fin de las compras de armamento… mientras se seguía comprando.

Con Estados Unidos se habla de distancia… mientras Washington confirma la colaboración española. La retórica va por un lado y la realidad por otro.


Entonces, ¿qué queda? La cortina de humo. El viejo truco político: desplazar el foco hacia un conflicto internacional para evitar que el debate nacional se centre en lo que realmente importa.


Y justo ahora, cuando el Gobierno acumula desgaste político, escándalos y causas judiciales orbitando alrededor del poder, aparece la carta perfecta: el gran debate moral internacional.


Una jugada clásica. Mientras el país discute pancartas y consignas, mientras los artistas de guardia levantan el puño en los escenarios y las tertulias se llenan de indignación teatral, el foco se desplaza. Y así, entre consignas, superioridad moral y manifestaciones cuidadosamente coreografiadas, la maquinaria vuelve a funcionar.


El lema se repite. Los mismos actores salen a escena. Y el público de siempre aplaude. Porque en realidad todo esto no es política internacional.


Es propaganda doméstica. Y el espectáculo, como siempre, ya ha comenzado.


Miguel Ángel Arranz

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