El pasado solo existe cuando conviene
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 1 dic 2025
- 3 Min. de lectura

Hay algo fascinante (y profundamente triste) en cómo cierta izquierda española funciona como un viejo tocadiscos rayado: si no hablas de Franco, del machismo estructural galáctico, del apocalipsis climático inminente o de la eterna cruzada contra el “fascismo imaginario”, entonces automáticamente estás fuera de la realidad, eres un peligro público o, directamente, un loco. Hay un manual, un guion, una catequesis. Y si alguien osa salirse del dogma, el diagnóstico ya está preparado: “estás obsesionado, manipulas, crispas, mientes, inventas fantasmas”.
Pero cuidado, porque ni se te ocurra mencionar la palabra “ETA”. Esa no. Esa es tabú. Esa no toca. Esa molesta. Esa rompe la foto. Esa destroza el relato.
La izquierda española, la misma que exige memoria histórica hasta la arqueología emocional, la misma que desempolva Franco cada vez que no tiene nada que decir del presente, la misma que vive políticamente del pasado que dice odiar, ahora exige silencio. Un silencio selectivo, quirúrgico, interesadamente temporal: Franco está más vivo que nunca, pero ETA murió. Franco se estudia, se recuerda, se maldice, se explota y se factura. ETA, sin embargo, es “algo superado”, “algo ya cerrado”, “algo del pasado”, “algo que mencionar es de mala fe o crispación”.
Franco murió en 1975.
ETA dejó de matar hace diez minutos en términos históricos.
Pero según esta élite progresista, una dictadura de hace medio siglo sigue siendo actualidad política, mientras que una banda terrorista con más de 850 asesinados, con víctimas aún sin justicia, con homenajes intolerables en las calles y con sus herederos sentados en el Congreso, debe considerarse un tema “viejo”, “irrelevante” y “superado”.
Qué curioso.
Qué hipócrita.
Qué rentable.
Porque claro: hablar de Franco no cuesta nada. No rompe alianzas. No incomoda socios. No genera problemas al Gobierno. Hablar de ETA, en cambio, señala pactos, compromisos, cesiones, silencios comprados y vergüenzas jamás dichas en voz alta.
Y eso, claro, no conviene. Porque como bien sabe cualquiera: no hay peor enemigo para un gobierno que la verdad que intenta enterrar.
Es insultante que quienes construyen su identidad política sobre la memoria histórica pretendan negar la memoria reciente. Que quienes exigen reparación para víctimas del pasado se enfurezcan cuando alguien exige justicia para víctimas de ayer. Que quienes dicen defender la dignidad hablen con desprecio, burla o indiferencia del sufrimiento de más de 800 familias españolas que aún no saben quién, cómo o por qué les arrebataron a un padre, un hijo, un amigo, un hermano.
¿Y sabes qué? No. No se puede pasar página cuando quedan páginas por escribir. No se puede exigir reparación selectiva. No se puede pedir olvido con la boca llena de memoria.
Si recordamos a Franco (y es legítimo) entonces recordemos a ETA. Si llamamos a no olvidar el pasado (y es saludable) entonces no pidamos silencio sobre el horror reciente. Si exigimos justicia (y es justo) entonces exijámosla para todos.
La memoria no puede ser patrimonio ideológico. Ni mercancía electoral. Ni herramienta de chantaje moral.
Así que no, no acepto que hablar de ETA sea provocación mientras hablar de Franco sea cultura democrática. No acepto que recordar a las víctimas del terrorismo sea “extremo”, mientras convertir a Bildu en actor institucional sea “normalidad política”. No acepto la amnesia selectiva de quienes confunden gobierno con Iglesia y discurso con dogma.
Porque las democracias maduras no olvidan según convenga. Y España ya ha tolerado demasiada manipulación sentimental.
Basta.
Miguel Ángel Arranz





