ESE ES EL CAMINO

Por fin parece que la derecha española ha descubierto algo que la izquierda lleva años practicando sin el menor complejo: que en política no siempre gana quien más razón cree tener, sino quien mejor sabe organizarse para conseguir sus objetivos.
El acuerdo entre el Partido Popular y Vox para concurrir de manera coordinada al Senado, según publica El Mundo, supone un cambio significativo en la forma de entender la competición electoral entre ambas formaciones. Renuncias territoriales, candidaturas compartidas y una estrategia que, por primera vez, parece anteponer el objetivo común a la permanente batalla por demostrar quién manda más.
Y la pregunta es inevitable: ¿tanto tiempo han necesitado para comprenderlo?
La izquierda española lleva años utilizando exactamente estas herramientas. Pactos electorales, coaliciones, candidaturas conjuntas, acuerdos de investidura y alianzas entre partidos que, en ocasiones, apenas se soportan. Pero cuando llega el momento de sumar, suman. Cuando toca negociar, negocian. Y cuando consideran que existe un adversario común, aparcan sus diferencias.
Mientras tanto, la derecha ha pasado demasiado tiempo entretenida en sus propias guerras, repartiendo carnés de autenticidad ideológica y tratando de convencer al ciudadano de que cualquier voto que no vaya a sus siglas es un voto desperdiciado.
Pues bien, parece que algo empieza a cambiar.
No se trata de que el Partido Popular deje de ser el Partido Popular ni de que Vox renuncie a su identidad. Se trata de entender que competir electoralmente no impide alcanzar acuerdos estratégicos. Que nadie tiene la propiedad exclusiva del electorado de derechas. Y que la pluralidad política no tiene por qué convertirse necesariamente en fragmentación institucional.
Quizá este acuerdo haya pillado a más de uno a contrapié. Especialmente a quienes llevan años acostumbrados a contemplar cómo la derecha se desgasta en disputas internas mientras la izquierda convierte sus diferencias en negociaciones.
Ahora bien, conviene no lanzar las campanas al vuelo. Un acuerdo para el Senado no constituye, por sí solo, un frente amplio de derechas. Es un primer movimiento, limitado y perfectamente calculado. La verdadera prueba llegará cuando ambas formaciones tengan que demostrar si esta coordinación responde a una estrategia duradera o simplemente a una conveniencia electoral.
Porque un frente amplio no puede construirse únicamente desde los despachos de Génova y Bambú. También debería reconocer la existencia de otras sensibilidades, plataformas y formaciones políticas que no se identifican plenamente con ninguno de los dos grandes partidos de ese espacio ideológico.
Y, sobre todo, debería construirse sobre acuerdos políticos reconocibles, no exclusivamente sobre el rechazo a Pedro Sánchez.
Quienes defienden desalojar al sanchismo del Gobierno pueden interpretar este pacto como el principio de una estrategia compartida. Pero convertir esa aspiración en una alternativa de gobierno exige algo más que sumar candidaturas: requiere programa, compromisos y capacidad de entendimiento.
La izquierda lleva años demostrando que sus diferencias no le impiden pactar. Ahora PP y Vox comienzan a explorar esa misma lógica.
Quizá lo verdaderamente sorprendente no sea que hayan alcanzado este acuerdo, sino que hayan tardado tanto en intentarlo.
Porque la política no consiste solamente en defender unas siglas. También consiste en saber cuándo merece la pena sentarse con quien compite contigo.
Y si este entendimiento termina abriendo un debate serio sobre un frente amplio de derechas en España, habrá dejado de ser una simple operación electoral para convertirse en algo políticamente mucho más relevante.
Ese es el camino. Ahora falta comprobar hasta dónde están dispuestos a recorrerlo.
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