Palabra de Pedro Sánchez
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 3 dic 2025
- 3 Min. de lectura

Hay líderes que necesitan asesores, estrategas, portavoces, ministros obedientes o periodistas entregados para construir un relato. Y luego está Pedro Sánchez, que ya ha alcanzado la fase final de su propia evolución política: él mismo es el relato. No necesita a nadie más. Ha decidido que la verdad es aquello que él pronuncia, el bien es aquello que él señala y la realidad es aquello que él declara. Palabra de Pedro Sánchez. Amén.
En esta nueva etapa, Sánchez ya no delega en nadie. ¿Para qué? Si él mismo se ha convencido de que es su mejor portavoz, su máximo gurú y su fábrica personal de verdades absolutas. Antes al menos hacía el paripé: mandaba a un ministro, a una ministra, a algún periodista amigo o a algún tertuliano con nómina discreta a soltar el argumentario del día. Ahora no. Ahora baja él mismo al escenario para decir abiertamente: “Lo digo yo, así que es cierto”. Y el que no lo entienda, problema suyo.
Lo estamos viendo estos días.
Sánchez aparece en dos entrevistas–masaje consecutivas para dejar claro a los suyos que el mensaje es el que sale de su boca, no el que escriben otros. Ya ha alcanzado ese nivel de auto–investidura celestial en el que su palabra no necesita verificación. Es Palabra de Pedro Sánchez, y por tanto debe asumirse como correcta. Lo dice él, luego es verdad.
Primera parada: Ábalos.
Se planta ante la cámara, pone su cara de serenidad ensayada y asegura, con una tranquilidad casi insultante, que no sabía absolutamente nada de la vida personal de su mano derecha durante años. Ni idea. Cero. Como si Ábalos hubiese sido un repartidor de Amazon al que saludaba desde lejos. Y claro, como lo dice Sánchez, pues hay que creérselo. Si él lo afirma, queda automáticamente blindado por la doctrina oficial: la versión presidencial es la única válida.
Segunda parada: Cataluña.
Aquí ya entramos en la fase mística. Insiste en que hay que “normalizar la convivencia”. Como si Cataluña fuese un Mad Max ibérico pendiente de resurrección espiritual. La convivencia —que lleva años normalizada salvo para quien vive del victimismo profesional— sólo podrá completarse, según él, si vuelve Puigdemont. Una genialidad política digna de manual: para que todo esté en paz, debe regresar el que dinamitó la paz. Pero, nuevamente, Palabra de Pedro Sánchez. Y si lo dice él, será porque es así.
Y la última perla: la justicia.
En un alarde de sinceridad involuntaria, Sánchez deja caer que hay juzgados que dictan sentencias “de medio pelo”, como la que tumbó al fiscal general Ortiz. Pero no pasa nada, porque él ya tiene clarísimo cuál es el tribunal que debe decidir lo que “es justo” y lo que no: el Constitucional. Es decir, aquel que él mismo ha modelado, colonizado y ajustado a su conveniencia. Ese sí es el “verdadero” juzgado. Ese sí sabe lo que tiene que hacer. Ese, casualmente, coincide siempre con él.
La conclusión es simple:
Sánchez ha llegado al punto en el que no necesita ni argumentarios, ni portavoces, ni comunicadores. Se ha proclamado a sí mismo fuente de verdad oficial. Por eso sale constantemente a escena: para demostrar a los suyos que si el presidente lo dice, es porque es incuestionable. Que no importa la coherencia, ni la lógica, ni los hechos. Importa la fe.
Y así funciona este Gobierno: palabra de Pedro Sánchez. Y quien no la comparta, que se prepare, porque pronto también será palabra del Constitucional.
Miguel Ángel Arranz





