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Para Pedro solo existen dos estados: útil o defenestrado

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 2 dic 2025
  • 2 Min. de lectura


Pedro Sánchez tiene una capacidad casi quirúrgica para desprenderse de cualquiera que ya no le sirve. No importa si fue mano derecha, escudero fiel, compañero de confidencias políticas o figura clave de su ascenso. Cuando alguien empieza a molestar, deja de existir. Punto.


Ahora la última exhibición de cinismo: Sánchez dice que no tenía “conocimiento personal relevante” sobre Ábalos. ¿En serio? ¿Ese Ábalos? ¿El que controlaba Ferraz? ¿El que le sostuvo cuando todo el PSOE quería echarlo a patadas? ¿El que dormía políticamente en su mesilla? Pues bien: ahora ese mismo hombre ya no existe. Desaparecido. Borrado. Excomulgado del ecosistema sanchista por conveniencia narrativa.


Esto no va de ideología, ni de proyecto de país, ni de liderazgo. Va de supervivencia de un solo hombre. Sánchez es el tipo de político que te abraza mientras calcula en qué momento exacto apretar el chaleco hasta dejarte sin aire. Lo hizo en el partido, lo hizo en el Gobierno, lo hizo en cada crisis interna. Y ahora lo hace con Ábalos.


Y el mensaje es muy claro: nadie está a salvo.


Que tomen nota los que aún se creen blindados por estar cerca de la alfombra roja del entorno presidencial. Que alguien le pase el recado a Bolaños, que ya lleva tiempo oliendo a recambio amortizado. En Moncloa, el fuego amigo no existe: existe el fuego del César, el que designa, consume, silencia y olvida.


Porque Sánchez no gobierna para España. Ni siquiera gobierna para su partido. Gobierna para sí mismo. Ese es su único proyecto, su único principio, su única fidelidad. Todo lo demás es decorado: ministros prescindibles, asesores rotatorios, cuadros orgánicos descartables, alianzas temporales, y un aparato mediático dispuesto a reciclar la narrativa las veces que haga falta.


Le da igual su Gobierno, su partido e incluso su entorno más íntimo. Si mañana le resulta útil sacrificarlos, lo hará. Y después pondrá cara solemne, cuatro frases de víctima institucional, y continuará como si nada. Porque él no negocia lealtades: las consume.


Quien aún crea que estar cerca de Sánchez es garantía de poder o protección, que mire a Ábalos. Quien piense que compartir estrategia, discurso o cargo equivale a confianza, que mire cómo ha acabado cualquiera que le incomodó mínimamente.


Y si alguien todavía espera gratitud, memoria o dignidad política de este presidente… que despierte. En este modelo, la lealtad es de usar y tirar. Aquí solo una cosa importa: que Pedro Sánchez siga un minuto más en La Moncloa.


Todo lo demás, incluidos los que un día fueron “imprescindibles”, son desechos en proceso.


Y al ritmo que va, no será el último. Porque en el sanchismo solo hay dos estados posibles: útil… o cadáver político.


Miguel Ángel Arranz

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