Que fácil es subir lo que van a pagar otros
- Miguel Ángel Arranz Molins
- hace 3 horas
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Partamos de una obviedad: el nivel de vida ha subido y los salarios deben subir. Hasta ahí, nadie con dos dedos de frente discute nada. El problema no es el qué, es el quién y el cómo. Porque subir el salario mínimo desde un despacho ministerial es muy fácil cuando no lo pagas tú. Es comodísimo fijar cifras “valientes” cuando ni las percibes ni las sacas de tu cuenta bancaria a final de mes.
El Gobierno se ha acostumbrado a jugar a empresario sin serlo. Pone el salario mínimo sobre la mesa, siempre alto —faltaría más—, y se desentiende del impacto real. No asume riesgos, no ajusta balances, no despide si no salen los números. Eso lo hacen otros. El Ejecutivo observa desde la barrera mientras el pequeño y mediano empresario hace encaje de bolillos para sobrevivir.
Y, casualidad o no, el único actor que siempre gana es el propio Gobierno. Porque cuanto más alto es el salario, mayor es la recaudación. IRPF, cotizaciones, impuestos. El Estado cobra más sin haber creado ni un solo empleo, sin haber asumido ni un solo coste. Es el negocio perfecto: decides, no pagas y recaudas.
Imaginemos ahora el camino inverso. Que empresarios y trabajadores se sentaran y dijeran al Estado: “ponnos el IRPF al 0 %”. ¿Qué respondería el Gobierno? Exactamente esto: la recaudación es cosa mía, la decido yo y no la negocio con nadie. Y tendría razón. Pero entonces, ¿por qué el salario mínimo sí lo decide el Gobierno sin pagar consecuencias, cuando afecta directamente a quien paga y a quien cobra?
Ahí está la trampa. El Ejecutivo no acepta que otros decidan sobre sus ingresos, pero decide sin rubor sobre los ingresos y los costes de los demás. Interviene donde no asume responsabilidad y se protege donde sí le afecta el bolsillo.
¿No sería lo lógico que este asunto se resolviera donde corresponde? Entre empresarios y representantes de los trabajadores. Aunque lo de “representantes” cada vez suene más a chiste. Que negocien quienes pagan y quienes cobran. Y que el Gobierno, por una vez, se esté callado y no meta la cuchara donde no le toca.
Porque opinar es fácil. Poner cifras es facilísimo. Lo difícil es pagarlas.
Miguel Ángel Arranz





