Rufián el limpiabotas del SANCHISMO S.A
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Gabriel Rufián ha descubierto una nueva vocación política. Después de años ejerciendo de azote teatral del sistema, revolucionario de escaño, independentista de plató y repartidor profesional de carnés de dignidad, ahora parece haberse especializado en un oficio mucho más útil para sobrevivir en Madrid: correveidile del sanchismo. Tiene una extraordinaria habilidad para estar siempre contra el poder mientras permanece convenientemente cerca de él; lo suficientemente lejos para criticarlo ante una cámara y lo suficientemente cerca para resultar útil cuando llega el momento de contar votos. Ahora le toca José Luis Rodríguez Zapatero. Rufián cuestiona su explicación sobre las joyas recibidas como regalos institucionales y sentencia que un regalo de cortesía es una cesta de Navidad, no unas joyas. Magnífica frase para un titular y todavía mejor para interpretar ese personaje que tanto domina: el hombre de izquierdas que siempre parece estar moralmente un escalón por encima de aquellos con quienes después comparte intereses políticos.
Uno podría pensar que Rufián simplemente expresa una opinión personal. Puede ser. Pero políticamente resulta mucho más interesante preguntarse a quién beneficia que alguien situado a la izquierda cuestione públicamente a Zapatero mientras el PSOE evita hacerlo directamente. Pedro Sánchez no necesita enfrentarse con quien ha sido durante años uno de sus grandes defensores y legitimadores políticos; si alguna vez resulta conveniente marcar distancias, siempre será más cómodo que alguien situado en los alrededores haga el trabajo sin manchar la moqueta de Ferraz. Y ahí aparece Rufián, casualmente, siempre casualmente: el antiguo azote del régimen convertido en limpiabotas parlamentario del ecosistema político que decía combatir. No hace falta imaginar conspiraciones ni órdenes escritas para observar su extraordinaria capacidad para detectar hacia dónde sopla el viento y colocarse exactamente donde una frase suya puede resultar políticamente útil.
Rufián lleva años interpretando un personaje extraordinariamente rentable: critica al Gobierno por la mañana, negocia con él por la tarde y por la noche aparece en televisión para explicarnos lo peligrosísimo que es el poder. Revolucionario cuando hay micrófonos, socio parlamentario cuando toca votar y tertuliano indignado cuando vuelve a encenderse una cámara. Entendió hace tiempo que en la política española importa menos lo que dices que conservar la silla mientras dices cosas que parezcan incómodas. Puede atacar al PSOE, pronunciar discursos incendiarios y repartir lecciones de dignidad, pero cuando llega la hora de contar votos siempre termina alrededor de la misma mesa. Es la revolución con dietas parlamentarias, la insurrección con acreditación del Congreso y el antisistema perfectamente integrado en el sistema.
El problema es que Rufián pareció imaginar alguna vez algo más grande para sí mismo. Fantaseó con trascender ERC y construir espacios políticos más amplios, quizá soñando con convertirse en referencia de una nueva izquierda estatal, pero Madrid es cruel y allí descubrió que se puede ser muy conocido sin ser verdaderamente imprescindible. Mientras tanto, ERC afronta sus propios problemas electorales, estratégicos e identitarios, y una parte del independentismo cuestiona una política de acuerdos en Madrid que considera demasiado alejada de sus objetivos nacionalistas. Así que toca reinventarse, y qué mejor papel que convertirse en la conciencia crítica autorizada del sanchismo: criticar sin romper, golpear sin hacer demasiado daño, amenazar sin marcharse y levantar mucho la voz antes de permitir que todo continúe exactamente igual. Hay que reconocerle el talento: no cualquiera consigue parecer permanentemente enfadado con aquellos a quienes lleva años ayudando a permanecer en el poder.
Ahora toca Zapatero; mañana será otro. Porque el buen correveidile no necesita necesariamente recibir una nota con instrucciones: basta con saber interpretar qué mensaje conviene transmitir y cuándo hacerlo. Rufián posee un radar extraordinario para detectar hacia dónde se mueve el poder sin abandonar jamás su pose de rebelde. Seguirá haciendo discursos incendiarios, poniendo cara de indignación y lanzando frases perfectamente diseñadas para convertirse en titulares mientras nos explica que él no pertenece a ninguna maquinaria. Por supuesto que no: simplemente pasaba por allí, casualmente siempre cerca del poder, casualmente necesario para alguna votación y casualmente dispuesto a señalar al personaje adecuado en el momento oportuno. Gabriel Rufián quizá no haya conseguido convertirse en el gran líder de aquella nueva izquierda que alguna vez pareció imaginar, pero puede haber encontrado un oficio mucho más seguro: correveidile del sanchismo, rebelde homologado y limpiabotas parlamentario con permiso para protestar mientras siga siendo útil. No parece demasiado revolucionario, pero tiene mucha más salida laboral.
Miguel Ángel Arranz

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