Éramos pocos y parió la abuela.
- Miguel Ángel Arranz Molins
- hace 20 horas
- 2 Min. de lectura

En España ya hemos llegado a ese punto surrealista donde puedes llamar asesino a un presidente autonómico, fascista al Gobierno, corrupta a una política o gritar “muerte al Rey” en plena calle y todo entra dentro de la efusividad democrática. Libertad de expresión, dicen. Aire. Temperamento. Cosas del momento.
Ahora bien: si a un torero se le ocurre decir que venga Trump a poner orden, entonces ya hablamos de conspiración internacional, golpe de Estado, sedición en grado acrobático, delito contra la patria y un abanico penal que ni el Código Napoleónico. Y encima con exsenadores explicando muy serios que podrían caer 5 o 10 años de cárcel. ¿Por soltar una bravuconada? Hombre, venga ya.
Este es el país de la doble regla: todo depende de quién lo diga. Si lo dice la izquierda, es libertad de expresión. Si lo dice la derecha, es delito. Si lo dice un rapero, es arte urbano. Si lo dice un torero, es un expediente para la Audiencia Nacional. Somos así: un país donde la Fiscalía funciona con brújula ideológica y sensibilidad selectiva.
Lo mejor es que nadie se sonroja. Aquí ya hemos asumido que somos una democracia de chichinabo en la que insultar a España es cultura, pero pedir que vengan los marines a arrestar a Sánchez es alta traición. Y los mismos que ayer quemaban fotos del Rey y pedían república con megáfono, hoy se escandalizan porque un torero pide “auxilio exterior”. Es que ni escrito por Berlanga.
Luego nos extraña que nos llamen “país de pandereta”. Pues claro que lo somos. Y además con orgullo, con estrenos semanales: cada día una incoherencia nueva, cada semana un sainete jurídico, cada mes un capítulo de cómo transformar el disparate en trámite judicial.
España no necesita que venga Trump ni la OTAN ni la ONU. España necesita un espejo, porque el ridículo ya lo hacemos solos y sin ayuda extranjera.
Miguel Ángel Arranz


