Ahora se hacen los ofendidos, cualquier excusa les vale.
- 29 abr
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Lo llamativo no es la imagen. Lo llamativo es la excusa.
Ahora resulta que la relación entre el Partido Nacionalista Vasco y el Partido Socialista Obrero Español puede tambalearse por una imagen generada por IA. Eso, y no otra cosa, es lo que —dicen— cruza todas las líneas rojas. No la política. No los acuerdos. No las cesiones estructurales. Una imagen.
Conviene recordar el contexto real, no el relato conveniente. El PNV ha sostenido a Pedro Sánchez en momentos clave: investiduras, estabilidad parlamentaria y votaciones sensibles. A cambio, ha obtenido lo de siempre: influencia territorial, agenda propia y capacidad de presión. Nada nuevo. Es política pura.
Pero aquí está el problema: durante años, nada parecía lo suficientemente grave como para romper ese equilibrio. ¿La ley de amnistía? Asumible.¿Los acercamientos de presos de ETA? Gestionable.
¿Un Gobierno sin presupuestos durante meses? Tolerable. ¿Pactos con fuerzas que tensionan el marco institucional? Negociable.
Todo eso entraba dentro del tablero. Pero ahora, de repente, una imagen —ni siquiera real— se convierte en el detonante moral. Y aquí llega el teatro completo: el PNV se rasga las vestiduras, se indigna, eleva el tono y proclama que “esto es inadmisible”, que “se han cruzado todas las líneas rojas”, que “no lo podemos consentir”.
¿Ahora? ¿Ahora sí?
Porque todo lo anterior no mereció ese nivel de escándalo. Todo lo anterior se negoció, se encajó o se justificó. Pero una imagen —una simple imagen— activa la indignación máxima.
No cuela. Porque esto no va de ética ni de límites. Va de oportunidad.
Cuando interesa mantener el acuerdo, todo es flexible. Cuando interesa marcar distancia, cualquier excusa sirve. Y esta vez han elegido la más cómoda: una polémica artificial para justificar un movimiento político real, envuelto en una indignación sobreactuada.
El PNV no rompe por una imagen. Si rompe —o amenaza con hacerlo— es porque necesita reposicionarse. Porque mide desgaste. Porque calcula escenarios. Porque ve venir cambios y quiere estar mejor colocado.
Y el PSOE hace lo propio: minimizar, resistir y aguantar el equilibrio como pueda, mientras escucha cómo su socio de investidura eleva el tono como si acabara de descubrir algo que lleva años tolerando.
Lo demás es teatro. En política, las líneas rojas no se cruzan: se mueven.
Y cuando alguien grita que “esto es intolerable” por una imagen, lo que realmente está diciendo es otra cosa: que ya no le conviene seguir como estaba.
Sin rodeos: no es indignación. Es cálculo.
Miguel Ángel Arranz

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