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Alcobendas no es ciudad para la alcaldesa Rocío.... SE VA

  • 10 abr
  • 3 Min. de lectura

Hay políticos que esconden su vida privada. Y luego está la alcaldesa de Alcobendas, que ha hecho exactamente lo contrario: convertir su vida privada en el eje de su relato político.

Nos lo ha contado todo. Que era la primera mujer alcaldesa. Que conciliaba. Que se llevaba a su hija al Ayuntamiento. Que representaba una nueva forma de hacer política, más cercana, más humana, más real.


Perfecto. Ese era su producto. Ese era su mensaje. Ese era su escaparate. Pero entonces llega el detalle incómodo. El que rompe el relato. El que no encaja en el folleto.


La alcaldesa se muda fuera del municipio. Y de eso, silencio absoluto.




Ni una palabra. Ni una explicación. Ni una triste línea en esos canales donde se nos retransmite hasta el último gesto, la última foto, el último postureo institucional. Curioso. Muy curioso. Porque aquí no vale el argumento fácil de "cada uno vive donde quiere". Claro que sí. Faltaría más. El problema no es ese. El problema es otro: cuando haces de tu vida privada el 90% de tu acción política, cuando conviertes tu intimidad en propaganda, ya no puedes elegir qué parte cuentas y qué parte escondes según te convenga.


Eso ya no es intimidad. Eso es relato manipulado. Y más llamativo aún: el silencio cómplice de los medios locales. Esos mismos que cubren absolutamente todo lo que hace Rocío Alcántara —desde una foto hasta una frase vacía—, de repente no consideran relevante que la alcaldesa abandone el municipio que gobierna. Qué casualidad. Qué oportuno. Qué poco periodístico. Aquí hay dos opciones, y las dos dejan mal lugar: o nadie pregunta, o alguien ha decidido que esto "no toca". Y sinceramente, huele más a lo segundo.


Porque esto, estéticamente, queda fatal. Queda fatal vender Alcobendas como la ciudad ideal para vivir… mientras tú te vas a vivir fuera. Queda fatal predicar orgullo de ciudad… desde otro municipio. Queda fatal construir un personaje de cercanía… mientras te desvinculas físicamente de los vecinos. Y eso, cualquier asesor medio listo lo sabe. Por eso callan. Por eso lo tapan. Por eso no lo comunican.


Porque aquí no se comunica para gobernar. Se comunica para construir una imagen. Y esa imagen tiene nombre y apellidos: Rocío Alcántara.


Pero es que hay más. Según las últimas informaciones, la alcaldesa no solo se ha ido de Alcobendas, sino que se habría trasladado a un chalet de lujo en Madrid capital tras vender su vivienda en el municipio.


Es decir, no hablamos de un cambio menor. Hablamos de una decisión clara: salir de la ciudad que gobierna después de especular con su patrimonio (lo que tanto repudiaba de otros y por eso era la gran defensora de la vivienda pública) Y aquí es donde el relato termina de romperse.


¿Qué lecciones va a dar una alcaldesa que no vive en su ciudad? ¿Qué autoridad moral tiene para hablar de modelo urbano, de limpieza, de convivencia o de calidad de vida? ¿Qué credibilidad tiene para atraer nuevos vecinos cuando ella misma decide irse? Ninguna. Y lo más grave no es que se vaya. Lo más grave es que lo oculte. Lo más grave es que después de años utilizando su vida privada como bandera política, ahora decida que esta parte ya no interesa enseñarla.


Eso no es transparencia. Eso es propaganda selectiva.

Y al final, todo encaja: política de imagen, asesores de marketing, medios dóciles y ciudadanos tratados como espectadores.

La pregunta ya no es dónde vive la alcaldesa. La pregunta es mucho más incómoda:

¿Cuánto de lo que nos ha contado era verdad… y cuánto era simplemente un personaje?


Miguel Ángel Arranz

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