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ANDALUCÍA COMO EXCUSA. (Parte II)

  • 29 mar
  • 5 Min. de lectura



Hay un elemento que esta vez va a marcar la diferencia respecto a citas electorales anteriores: el papel real de Vox. No el que el partido reclama para sí desde sus comunicados y sus mítines, sino el que el contexto le permite ocupar. Y la distancia entre ambos empieza a ser considerable. Lo suficiente como para que estas elecciones puedan convertirse en algo más que un resultado: en un punto de inflexión para la derecha alternativa española.


El partido que quiso ser llave


Durante años, Vox construyó su estrategia sobre una premisa clara: ser imprescindible. Ser la llave sin la que ningún gobierno de derechas podía abrirse. En Andalucía ya tuvo ese papel, y lo explotó con habilidad. Negoció, condicionó, arrancó concesiones y se presentó ante su electorado como el partido que de verdad marcaba el rumbo. Era la bisagra. Era quien decidía.


Pero el contexto ha cambiado. Y mucho. Hoy Vox llega a estas elecciones con un desgaste que ya no puede disimularse. Crisis internas en distintos territorios que han saltado a los medios con una regularidad incómoda. Fugas de cuadros relevantes que se han marchado con declaraciones, con reproches y, en algunos casos, con la sensación de que el partido al que se unieron ya no es el mismo. Una estructura interna que genera más ruido que proyecto. Y una sensación creciente, entre propios y ajenos, de que el techo electoral está cerca o ya se ha tocado.


No es una percepción ideológica. Es una constatación operativa. Cuando un partido pasa más tiempo explicándose a sí mismo que explicando un proyecto de gobierno, cuando las noticias internas compiten en protagonismo con las propuestas políticas, cuando los votantes empiezan a preguntarse si este es el partido que recordaban haber votado, algo estructural ha cambiado. Y eso se nota en las urnas antes de que se note en las encuestas.


La contradicción que no supo resolver


Vox no ha sabido resolver una contradicción de fondo, y esa contradicción empieza a pasarle factura. Ha querido ocupar el espacio que dejó Ciudadanos en términos de ambición electoral —ser decisivo, ser árbitro, ser bisagra, ser el partido que inclina la balanza—, pero ha gestionado su estructura interna con dinámicas más propias de los peores momentos de Podemos: tensiones entre dirección y territorios, purgas de díscolos, conflictos que se ventilan en público cuando deberían resolverse en privado, salidas abruptas que generan heridas difíciles de cicatrizar.


Es una combinación letal. La ambición de un partido útil con el funcionamiento de un partido inestable. El primero necesita transmitir fiabilidad, previsibilidad, capacidad de negociar y cumplir. El segundo genera exactamente lo contrario: la sensación de que lo que pasa dentro es impredecible, que las alianzas son frágiles y que el partido puede convertirse en un problema antes que en una solución.


En un escenario tranquilo, esa contradicción puede sostenerse. Los votantes la toleran, la minimizan, la relativizan. Pero en un escenario de máxima polarización —que es exactamente el que el sanchismo busca construir en cada convocatoria electoral— esa contradicción se vuelve insostenible. Porque en la polarización no hay espacio para la ambigüedad. Solo hay bloques.


Cuando el espacio intermedio desaparece


La lógica de la polarización es brutal y sencilla: cuando el votante percibe que lo que está en juego es algo mayor que una elección autonómica, cuando siente que se decide algo fundamental sobre el rumbo del país, tiende a concentrar el voto. Reduce riesgos. Simplifica. Elige entre dos opciones que percibe como las que de verdad cuentan, las que de verdad van a decidir.


Y eso beneficia directamente al PP y al PSOE. A Moreno, porque puede absorber voto útil de todo el espacio de centro-derecha que en otro contexto, menos cargado de urgencia, se repartiría entre varias opciones. A Montero, porque puede movilizar el voto de izquierdas bajo la lógica del freno, del "si no votas, gana el otro", del miedo como combustible electoral. Ambos mecanismos funcionan. Ambos se alimentan de la misma polarización. Y ambos dejan menos aire para quien está fuera de esos dos bloques.


En medio, Vox pierde capacidad de condicionar. No porque desaparezca —sus votos seguirán siendo relevantes—, sino porque deja de ser imprescindible. Y en política, la diferencia entre necesario y accesorio no es de grado. Es de naturaleza. Pasar de ser llave a ser complemento, de condicionar a matizar, de negociar a aceptar, es un cambio que los partidos raramente consiguen revertir una vez que se ha producido.


El bipartidismo no vuelve por nostalgia


El bipartidismo no regresa porque los españoles hayan recuperado el amor por el PP y el PSOE. No vuelve porque alguien haya decidido que los partidos grandes lo hacen mejor. Vuelve porque las circunstancias lo favorecen: porque el sistema tiende a simplificarse cuando la política se convierte en enfrentamiento total, cuando cada elección es presentada como una batalla decisiva entre dos modelos de civilización, cuando votar a un tercero parece un lujo que el momento no permite.


Y en ese terreno, los terceros partidos siempre sangran. Sin excepción.

Ciudadanos ya lo comprobó en carne propia. Pasó de ser el partido del futuro, el que iba a renovar la política española, el que haría posible nuevas mayorías y nuevos acuerdos, a ser irrelevante en apenas dos ciclos electorales. El mecanismo fue siempre el mismo: en cuanto la polarización se disparó, sus votantes decidieron que no podían permitirse el lujo de votar a quien no iba a decidir. Y se fueron. Primero los de centro-derecha, al PP. Luego los de centro-izquierda, al PSOE. Y al final quedó un partido sin electorado propio, incapaz de justificar su existencia en un mapa político que había decidido prescindir de él.

Vox corre el riesgo de iniciar ese mismo camino, aunque las circunstancias sean distintas y el punto de partida más sólido. Tiene un electorado más ideológicamente comprometido, más resistente a la lógica del voto útil. Tiene una identidad más nítida. Tiene más músculo para aguantar. Pero ninguno de esos factores es inmune a la erosión que produce el tiempo, el desgaste interno y la percepción de que el partido ya no es decisivo.


No desaparecerá de un día para otro. Pero puede empezar a ser arrinconado. Y cuando un partido es arrinconado, deja de condicionar y empieza a sobrevivir. Que es otra forma de decir que ha dejado de importar de la manera en que importaba.


Andalucía puede marcar ese inicio. No el final, sino el principio de un proceso que, si no se corrige, termina siendo irreversible.


Lo que quedará después del recuento


Al final, la región votará. Ocho millones y medio de personas con problemas reales, con necesidades concretas, con una vida que no se organiza en torno a los bloques que se debaten en los platós de televisión. Votarán. Y el resultado no se leerá en clave andaluza.


Se analizará quién gana el relato. Quién ha movilizado mejor a su electorado. Quién sale reforzado para lo que viene después, para las próximas elecciones generales, para la siguiente crisis de gobierno, para el siguiente movimiento en el tablero nacional. Se harán proyecciones, se extraerán conclusiones, se hablarán de tendencias y de señales.


Y nadie hablará de las listas de espera. Nadie hablará del paro juvenil. Nadie hablará de los agricultores del sur que llevan años pidiendo una política de agua que nunca termina de llegar. Nadie hablará de los pueblos que se vacían, de los jóvenes que se van, de las infraestructuras que se prometen y no se construyen.


Se hablará de qué le conviene a Sánchez. De qué le conviene al PP. Y de si Vox sigue contando… o empieza a sobrar. Esa es la verdadera campaña.

Y ese es, también, el verdadero problema. No de Andalucía. De todos.


Miguel Ángel Arranz

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