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Ayer escuché

  • 18 feb
  • 2 Min. de lectura


Ayer tuve la oportunidad —y puedo decir que la suerte— de comer en una cafetería de la Universidad Complutense de Madrid. Nada extraordinario: bandeja, mesa comunitaria y el murmullo habitual de estudiantes que mezclan exámenes, trabajos y vida. Lo extraordinario vino después.


Me senté junto a un grupo de diez jóvenes, cinco chicas y cinco chicos, aproximadamente. En un momento dado, alguien pronunció la palabra “política”. Y esperé lo previsible: miradas incómodas, bromas evasivas, el clásico “yo de eso no hablo”. No ocurrió. Ocurrió lo contrario.


Hablaron. Todos. Sin miedo. Sin pedir permiso. Sin bajar la voz. Cada uno expuso su posición, su inclinación, su diagnóstico. Con argumentos más o menos elaborados, con mayor o menor pasión, pero con una naturalidad que desarma cualquier caricatura generacional. No vi consignas repetidas como papagayos. No vi silencios cobardes. Vi criterio, incluso cuando había desacuerdo. Y lo mejor no fue que hablaran de política. Lo mejor fue cómo hablaron.


En ningún momento se agredieron. No hubo ese tono de trinchera que tanto abunda fuera de esas paredes. Se escuchaban. Se interrumpían, sí, como hace cualquiera en una conversación viva, pero se escuchaban. Y lo más interesante fue la conclusión compartida a la que llegaron, pese a sus diferencias: la política está dividiendo a la sociedad. Lo decían con pesar, no con resignación.


Para ellos, esa división no es un trofeo ideológico. Es un fracaso. Lo perciben como algo negativo, como una deriva indeseable. Y aquí está lo verdaderamente relevante: no quieren una política que fracture, quieren una política que una. No piden uniformidad. No reclaman pensamiento único. Reclaman convivencia. Es una diferencia esencial.


Durante años se ha instalado la idea de que la polarización es rentable, de que la confrontación moviliza, de que el adversario es un enemigo. Ese marco mental ha calado en tertulias, redes sociales y parlamentos. Pero ayer, en una mesa compartida de una universidad pública, vi otra cosa. Vi jóvenes que no renuncian a sus ideas, pero tampoco renuncian al respeto.


Y eso desmonta dos tópicos: que la juventud es apática y que la universidad pública es un monocultivo ideológico. Ni una cosa ni la otra. Había pluralidad. Había discrepancia. Y había libertad.


Quizá el problema no esté en las generaciones que vienen, sino en el ejemplo que reciben. Quizá la política divide cuando se ejerce desde la táctica permanente y el cálculo corto, no cuando se vive como servicio. Ayer escuché. Y salí con más esperanza que preocupación.


Porque si quienes empiezan a tomar la palabra entienden que la política debe unir —sin dejar de confrontar ideas—, entonces todavía hay margen para corregir el rumbo. Y eso, en los tiempos que corren, no es poca cosa.


Miguel Ángel Arranz

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