¿Crisis migratoria? Se ríen de nosotros
- 1 ago
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Mientras España amanece con Ceuta completamente desbordada y miles de personas intentando entrar de forma irregular, el Gobierno vuelve a hacer lo único que parece saber hacer: controlar el relato. Porque cuando el poder se siente acorralado, cualquier crisis sirve para tapar otra mucho más incómoda.
No deja de ser llamativo que, justo cuando Pedro Sánchez afronta el mayor cerco judicial y político de su carrera, con investigaciones que afectan a personas de su entorno y con un desgaste institucional cada vez más evidente, el debate público gire de repente hacia otra dirección. Nadie necesita fabricar una crisis migratoria para que exista, pero un Gobierno sí puede decidir qué ocupa las portadas, qué monopoliza las tertulias y qué desaparece de la conversación pública. Y en eso este Ejecutivo ha demostrado ser un auténtico especialista. Mientras media España mira hacia Ceuta, se habla mucho menos de los juzgados. Y eso resulta extraordinariamente conveniente para quien ve cómo el cerco judicial se estrecha cada día más sobre su entorno político y personal.
Basta ya de eufemismos. Esto no es una simple crisis migratoria. Cuando un país contempla impotente cómo miles de personas intentan acceder irregularmente a su territorio mientras el Estado se muestra incapaz de impedirlo, muchos españoles lo viven como una invasión. Y mientras discutimos cómo llamarlo, el Gobierno sigue sin resolver el problema. Porque es más fácil controlar el relato que controlar las fronteras.
Y hay un detalle que esta vez ha desmontado por completo la estrategia del Gobierno. Durante años se ha intentado desplazar el debate hacia la solidaridad y la compasión, presentando cualquier crítica a la política migratoria como una muestra de insensibilidad. Sin embargo, en esta ocasión ese mecanismo no parece haber funcionado. Lejos de despertar un respaldo mayoritario a la gestión del Ejecutivo, una parte importante de la sociedad ha dirigido su indignación hacia quien consideran el verdadero responsable: el propio Gobierno. Muchos españoles no culpan a quienes intentan entrar, sino a quienes tienen la obligación de impedir una entrada masiva y no lo hacen. El relato de la pena se ha vuelto contra quienes pretendían utilizarlo, porque cuando un Estado renuncia a controlar sus fronteras, la sensación que queda entre los ciudadanos no es de solidaridad, sino de abandono.
Y Marruecos lo sabe. Hace años que Rabat utiliza la presión migratoria como un instrumento político y diplomático. Abre o cierra el grifo cuando le conviene. Relaja los controles cuando necesita enviar un mensaje a España o a Europa y vuelve a colaborar cuando obtiene concesiones. La inmigración ha dejado de ser únicamente un drama humano para convertirse también en una herramienta de presión geopolítica. España, mientras tanto, responde con debilidad, improvisación y propaganda.
A ello se suma otro hecho inquietante. España atraviesa una oleada de incendios que mantiene movilizados enormes recursos públicos y concentra buena parte de la atención informativa. No existen pruebas para afirmar que ambos fenómenos estén coordinados y no sería riguroso sostenerlo, pero sí resulta evidente que un Estado obligado a gestionar varias crisis simultáneas proyecta una imagen de vulnerabilidad. Y quienes quieren poner a prueba la fortaleza de un país saben perfectamente cuándo ese país atraviesa momentos de máxima debilidad.
Y en medio de todo este escenario tampoco deja de sorprender el papel de la Jefatura del Estado. Durante años se nos ha explicado que el Rey no interviene en la política nacional porque su función principal es representar a España en el ámbito internacional y defender los intereses del Estado fuera de nuestras fronteras. Sin embargo, cuando España afronta una crisis fronteriza con evidentes implicaciones internacionales y diplomáticas, tampoco se percibe un liderazgo institucional visible. Muchos ciudadanos pueden sentirse decepcionados. Si no habla en las cuestiones internas porque no le corresponde y tampoco se aprecia un papel relevante cuando está en juego la imagen exterior y la soberanía del país, resulta inevitable preguntarse cuál está siendo su verdadera aportación en momentos de especial gravedad.
Lo verdaderamente indignante es comprobar cómo el Gobierno convierte cada fracaso en un problema de comunicación. Si la frontera colapsa, el problema son los bulos. Si Europa cuestiona la gestión española, el problema es la oposición. Si Marruecos utiliza la inmigración como elemento de presión, el problema es el lenguaje de quienes lo denuncian. Nunca hay responsables. Nunca hay errores. Nunca dimite nadie.
La pregunta ya no es si existe una crisis migratoria. La pregunta es mucho más incómoda: ¿quién controla realmente las fronteras de España? Porque mientras los españoles contemplan atónitos cómo el Estado pierde capacidad para proteger sus fronteras, el Gobierno parece mucho más preocupado por sobrevivir políticamente y por desviar el foco del cerco judicial que rodea al presidente que por resolver los problemas reales del país.
Y cuando un Gobierno dedica más esfuerzo a controlar el relato que a controlar las fronteras, deja de gobernar. Simplemente intenta sobrevivir. Mientras tanto, los españoles contemplan con impotencia cómo la soberanía de su país se debilita, cómo la confianza en las instituciones se erosiona y cómo quienes deberían defender el interés nacional parecen mucho más ocupados en protegerse a sí mismos. Esa es la verdadera crisis. Y esa sí tiene responsables.
Miguel Ángel Arranz

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