Cuando Albert Rivera iba a dar el sorpaso al Partido Popular
- 14 feb
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La política española tiene una memoria peligrosamente corta. Tan corta que cada cierto tiempo alguien vuelve a subirse al mismo escenario, repite el mismo guion y espera un final distinto. Ya vimos esa película.
En 2019, Albert Rivera estaba convencido de que el adelantamiento era inevitable. El famoso “sorpaso” al Partido Popular no era una hipótesis: era, decían, una cuestión de tiempo. El liderazgo del bloque alternativo pasaba por arrinconar al socio natural, ocupar su espacio y presentarse como el nuevo mando. Sonaba valiente. Sonaba ambicioso. Sonaba histórico. Salió mal.
La apuesta por forzar la máquina, por tensar hasta romper, por no aceptar el papel que daban las urnas, terminó convirtiendo una expectativa inflada en una caída libre. Donde se prometía hegemonía apareció irrelevancia. Donde se anunciaba sustitución llegó la evaporación. La política castiga con especial dureza a quien confunde deseo con aritmética. Y, sin embargo, vuelve la música.
Ahora se oyen proclamas parecidas desde Vox: que si el adelantamiento aquí, que si el adelantamiento allá, que si el momento histórico está a la vuelta de la esquina. La épica es tentadora; el problema es que las matemáticas siguen siendo igual de tozudas que entonces.
No, el viejo turno de dos fuerzas dominantes no va a regresar tal como fue. Pero tampoco va a desaparecer su gravedad. Mantienen estructura, implantación territorial, cuadros, voto fiel. Pensar que eso se derrite a base de voluntad es un error de principiante.
El espacio para una tercera vía existe. Es real. Es influyente. Puede condicionar gobiernos, marcar agenda, obligar a negociar y arrancar políticas. Eso es poder tangible, no retórico. Lo otro, vender la fantasía de la sustitución inmediata del socio mayor, es jugar a la ruleta con la expectativa de millones de votantes.
La experiencia reciente debería bastar como vacuna. Cuando se promete el cielo y no llega ni el tejado, la factura es devastadora. La sobreexcitación moviliza un rato; la frustración dura años.
La lección es sencilla y brutal: quien convierte el crecimiento en una carrera por devorar al aliado termina muchas veces devorado por la realidad.
Conviene mirar atrás antes de repetir consignas que ya demostraron su coste. Porque los precedentes, cuando se ignoran, no perdonan.
Miguel Ángel Arranz





