top of page

Cuando desalojar es inhumano y okupar sale gratis

  • 18 dic 2025
  • 2 Min. de lectura


Ahora resulta que la culpa de la macro-ocupación de Badalona es del Ayuntamiento. No de las leyes, no del marco jurídico delirante que protege al ocupa y abandona al propietario, no de los gobiernos que llevan años mirando para otro lado. No. La culpa es del Ayuntamiento. Así, sin sonrojo.


Según los opinólogos de plató y los progre-tontos mediáticos afines al Gobierno, el Ayuntamiento “podía haber actuado antes”, “podía haberlo evitado”, “podía haber desalojado mucho antes”. Claro. Como si un ayuntamiento hoy tuviera margen real para actuar. Como si no tuviera las manos y los pies atados. Como si no hiciera falta un rosario de informes, órdenes judiciales, plazos eternos y miedo permanente a la foto, al titular y a la denuncia.


La realidad —y esto lo digo por experiencia— es que un ayuntamiento no puede hacer prácticamente nada. Nada. Y cuando, después de meses o años, por fin se consigue desalojar un edificio ocupado, entonces llega el juicio moral: que si han tardado mucho, que si es inhumano, que si dónde va a ir esa gente.


Y aquí viene la genialidad final: lo que tenía que haber hecho el Ayuntamiento, dicen, es ir realojando uno a uno a los ocupas, gratis, con los impuestos de todos, antes de llegar al desalojo. Es decir, institucionalizar la okupación. Premiarla. Convertirla en política pública.


Esto es un país de pandereta. De pandereta fina. Gente bien acomodada, bien aposentada, cobrando dinero público —y bien cobrado—, pontificando sobre la “inhumanidad” de desalojar una ocupación. Preguntándose con gesto compungido dónde va a ir “esa pobre gente”.


Pues mire, muchos de ellos no quieren ir a ningún sitio. Quieren seguir viviendo a coste cero. Quieren vivir de los impuestos de los demás. Y eso, aunque incomode decirlo, es una realidad.


Aquí el problema no es el Ayuntamiento de Badalona. El problema es un sistema que castiga al que cumple la ley, protege al que la viola y encima señala al que, con enormes dificultades, intenta poner orden. Y luego nos preguntamos por qué el país chirría. Porque llevamos años aplaudiendo el disparate.


Miguel Ángel Arranz

bottom of page