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Cuando las ratas huelen el agua

  • 5 feb
  • 2 Min. de lectura


No es casualidad. Nunca lo es.

Que el humorista Quequé abandone Cadena SER y que, casi en paralelo, desde El Plural se anuncie que Javier Ruiz “luchará contra los bulos desde YouTube” no son anécdotas del ecosistema mediático. Son movimientos defensivos. Repliegues. Preparación del terreno.


Y todo esto mientras se desliza ya la idea de un canal prácticamente exclusivo del poder, con Pedrou Sánchez como eje y altavoz, el famoso proyecto de “La 7”. El cierre del círculo.


La izquierda más radical y los periodistas más obedientes al Gobierno están empezando a retirarse del frente. Unos salen por la puerta de atrás. Otros se refugian en plataformas propias. Algunos se reciclan como “independientes” de última hora. Pero todos comparten el mismo instinto: supervivencia.


Durante años han hecho de correa de transmisión del sanchismo. Han justificado lo injustificable, han ridiculizado a las víctimas, han callado cuando tocaba preguntar y han señalado a cualquiera que osara salirse del guion. Han sido lacayos. Sin matices. Sin excusas.


Y ahora saben que eso ya no renta. Porque cuando el poder empieza a oler a derrota, nadie quiere seguir firmando editoriales ni chistes bajo su paraguas. Porque cuando el líder pasa de sumar a restar, el silencio deja de ser rentable. Y porque todos intuyen que se acerca un cambio de fase: elecciones anticipadas, agotamiento de la izquierda extrema o, simplemente, el hartazgo social definitivo con Pedro Sánchez.


De momento, solo quedan los periodistas alfombra de Radiotelevisión Española. Se quedan porque no tienen otro sitio donde ir. Porque fuera no los quiere nadie. Porque su carrera profesional depende exclusivamente del BOE y del favor político de turno. No son periodistas: son siervos del Gobierno y siervos del Estado.


Lo que estamos viendo no es valentía ni regeneración del periodismo. Es una retirada ordenada. Un “sálvese quien pueda” antes de que el barco empiece a hundirse de verdad.


Saben que, después de todo lo que han defendido y de todo lo que han tragado, será casi imposible recolocarse en un medio mínimamente creíble. Por eso montan su propio chiringuito. Por eso se venden ahora como críticos. Por eso se van antes de que les echen.


No están luchando contra los bulos.

Están luchando por no hundirse con el régimen mediático que ayudaron a construir.


Y cuando tantos se apartan al mismo tiempo, no es paranoia: es que algo muy gordo viene en camino.


Miguel Ángel Arranz

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