De la fea de Azcón, al calvo de Montero.
- 25 mar
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Hay políticos que gobiernan. Y hay políticos que parecen instalados en la barra de un bar a las dos de la mañana, soltando lo primero que se les viene a la cabeza. Lo de Javier Azcón es de manual: una salida de tono innecesaria, torpe, perfectamente evitable. No aporta nada. No suma. Solo ensucia.
Pero lo que dijo importa menos que lo que vino después. La izquierda de este país, siempre tan vigilante con el lenguaje —cuando le conviene—, tardó minutos en convertir el comentario en bandera: machismo estructural, ADN del PP, cultura patriarcal, todo el pack. La maquinaria estaba lista. Engrasada. Esperando. Da igual el contexto. Da igual la intención. Lo que importa es el relato, y el relato ya estaba escrito.
Ahí es donde se les cae el discurso.
Porque no hace tanto, María Jesús Montero llamó “calvo” a Tellado. Sin disimulo. Con retintín. Infantil. De patio de recreo. Tuvo que pedir perdón, sí, pero el asunto se despachó como “una expresión desafortunada” y punto. Sin grandes campañas. Sin discursos sobre estructuras opresoras. Sin lecciones morales de sobremesa.
Ese es el nudo de todo esto: la vara de medir.Cuando el insulto viene de un lado, es un error humano, comprensible, superado. Cuando viene del otro, es un síntoma de algo oscuro y profundo. No hay principios. Hay conveniencia. Y eso, dicho así de claro, es exactamente lo que la gente percibe y lo que termina por hartarla.
Que quede dicho: ambas cosas son reprobables. Las dos. Igual de pobres. Igual de ridículas. Igual de propias de políticos que llevan demasiado tiempo confundiendo el cargo público con un plató permanente.
Pero mientras nos entretenemos discutiendo si uno dijo “fea” y la otra dijo “calvo”, la vida real sigue su curso, indiferente al espectáculo.
En Aragón —y en Andalucía, y en media España— los problemas no son estéticos. Son estructurales. Paro. Precariedad. Jóvenes que no pueden emanciparse. Servicios públicos que crujen. Una vivienda que se ha convertido en un lujo para muchos. Y por encima de todo, una política nacional que lleva años convertida en un circo de declaraciones huecas, polémicas prefabricadas y titulares de usar y tirar.
Nadie dimite por gestionar mal. Pero todo el mundo se rasga las vestiduras por una frase. Hay algo profundamente revelador en eso.
La infantilización de la política española no es un accidente ni una casualidad. Es una estrategia. Cuanto más ruido superficial, menos espacio queda para hablar de lo que de verdad importa. La bronca permanente no es un fallo del sistema: es el sistema.
Azcón se equivocó. Montero se equivocó antes. Pero el problema real no es ninguno de los dos. El problema es que llevamos demasiado tiempo gobernados —y enfrentados— por una generación de dirigentes más preocupados por el impacto de una frase que por el impacto de sus decisiones. Más atentos al titular de mañana que a la vida de la gente que dicen representar.
Y así nos va
Miguel Ángel Arranz

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