De áticos y cuando nos creemos intocables
- 31 jul
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Hay un momento en la vida de cualquier dirigente político en el que deja de pensar que sus decisiones deben parecer ejemplares y empieza a convencerse de que todo tiene explicación. Ese es uno de los síntomas más peligrosos del poder. No suele comenzar con un gran escándalo, sino con pequeños gestos que el propio gobernante considera normales porque está convencido de que los demás acabarán entendiéndolos. La polémica por la compra de un ático en Chamberí para uso institucional durante las obras de la Real Casa de Correos encaja precisamente en esa lógica. La Comunidad de Madrid terminó rectificando y anunciando su venta tras la controversia generada. Lo preocupante no es únicamente la decisión, sino la sensación de que quien gobierna cree que cualquier actuación queda automáticamente justificada porque la protagoniza él.
Isabel Díaz Ayuso ha construido buena parte de su liderazgo sobre la confrontación. Esa estrategia le ha proporcionado grandes éxitos electorales, pero también empieza a mostrar sus límites. Existe una diferencia entre plantar batalla al adversario y convertir cualquier crítica en una conspiración personal. Cuando un dirigente llega al punto de pensar que nunca se equivoca y que todos los que le cuestionan lo hacen por interés político, deja de hacer autocrítica. Y cuando desaparece la autocrítica, el riesgo de cometer errores aumenta enormemente. Esa narrativa permanente de la víctima, del “todos vienen a por mí”, es exactamente la misma que ha terminado utilizando Pedro Sánchez. Y ese es el mayor peligro para Ayuso: empezar a parecerse a aquello que durante años ha denunciado.
Porque esta polémica deja otra enseñanza mucho más interesante. He echado en falta a todos esos palmeros que habitualmente salen en tromba a justificar cualquier decisión del liderazgo. En esta ocasión han preferido el silencio. Y ese silencio dice mucho. Me llama especialmente la atención el caso de Rocío Alcántara, alcaldesa de Alcobendas, cuya proximidad política con Ayuso es conocida. Sin embargo, tampoco ha salido a defender públicamente esta decisión. En política, los silencios también hablan.
Siempre he pensado que uno de los mayores errores de cualquier líder consiste en rodearse de palmeros y de estómagos agradecidos. Personas que aplauden mientras el poder reparte influencia y oportunidades, pero que desaparecen cuando defender al líder empieza a tener un coste. Ayuso debería tener cuidado con eso. Porque por muchos cargos que haya impulsado o por muchas carreras políticas que haya contribuido a construir, la lealtad basada únicamente en el poder dura exactamente lo que dura ese poder. El día que perciban que defenderla deja de ser rentable para su propio futuro, muchos de esos apoyos desaparecerán con la misma rapidez con la que llegaron.
Feijóo, probablemente, también es consciente de ello. Sabe que España no puede permitirse un liderazgo basado exclusivamente en el enfrentamiento permanente. Gobernar una comunidad autónoma y liderar un proyecto nacional son cosas distintas. El político que vive instalado en el chascarrillo, en la confrontación constante y en la política de trincheras puede movilizar a los convencidos, pero difícilmente construye un liderazgo sólido para el largo plazo.
La historia reciente demuestra que nadie es políticamente intocable. Pedro Sánchez está comprobando cómo algunos de quienes durante años le aplaudieron empiezan a tomar posiciones pensando en el día después. Así funciona la política. Los líderes pasan; quienes aspiran a sobrevivir políticamente buscan siempre el siguiente refugio. Por eso, el mayor error de un gobernante no es equivocarse. El mayor error es creer que los aplausos son lealtad y que el poder es permanente. Porque cuando un dirigente empieza a creerse intocable, normalmente ya ha comenzado su declive. Y, llegado ese momento, quienes ayer le ovacionaban suelen ser los primeros en apartarse del camino.
Miguel Ángel Arranz

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