El color como estrategia electoral.
- 28 abr
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No es casualidad. Es estrategia.
Cada cambio de color del logotipo del Ayuntamiento de Alcobendas no responde a una necesidad real, ni a una estrategia de ciudad, ni a una evolución natural de marca. Responde a algo mucho más concreto y mucho más calculado: estrategia electoral. No es una cuestión de ego personal de la alcaldesa. Es peor. Es una decisión diseñada, pensada y ejecutada por un equipo de asesores que vive de la política de escaparate. Cada alcalde llega y necesita dejar huella. ¿Gestión? Complicado. ¿Resultados? Lentos. ¿Transformación real? Difícil de vender. ¿Solución rápida? Cambiar el logo.
Y siempre bajo el mismo disfraz: modernizar, actualizar, dar una nueva imagen. Palabras vacías que sirven para justificar lo injustificable. Pero aquí está la clave, y conviene decirlo sin rodeos: El Partido Popular siempre hace coincidir, casualmente, el color del logotipo del Ayuntamiento de Alcobendas con el color del logotipo que en ese momento utiliza el propio Partido Popular. Siempre. No falla. No es estética institucional. Es mimetismo político.
Y no es improvisación. Es método.
Cada rediseño aparece estratégicamente en la antesala electoral. El tiempo justo para impregnar la ciudad de una identidad visual que, de forma constante y nada inocente, remite al partido que gobierna. No es casualidad. Es posicionamiento. Esto no es imagen de ciudad. Es campaña encubierta pagada con dinero público. Y ahora, además, con prisas.
Ni siquiera han esperado un ciclo completo. Ni cuatro años. El equipo de sabetodólogos de asesores no ha podido aguantar. Les quemaba la imagen anterior. ¿Por qué? Porque viven de esto. De la estética. Del impacto. Del titular. La política de modernitos que rodea a la alcaldesa no gestiona, proyecta. No construye, maquilla. Y cuando lo único que tienes es imagen, cualquier imagen anterior se convierte en un problema.
Por eso corren. Por eso cambian. Por eso sustituyen. Y mientras tanto, nadie habla de lo importante: el coste. Porque cambiar un logo no es cambiar un dibujito. Es cambiarlo todo: papelería, señalética, vehículos, uniformes, web, documentos oficiales, campañas, carteles… una sangría progresiva de dinero público para alimentar una decisión puramente estética.
Y lo peor no es el dinero. Lo peor es el mensaje: seguimos en la política de los años 80. Mucha imagen, cero contenido. Mucho rediseño, poca gestión. Mucho escaparate, poca estructura.
Al final, el logo cambia… pero la ciudad no. Y eso sí que no hay color que lo tape.
Miguel Ángel Arranz

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