El Comando Charista
- 1 may
- 2 Min. de lectura

España ha llegado a un punto grotesco: ya no se debate si alguien puede preguntar. Se debate a quién se le puede preguntar. Y esa es la verdadera vergüenza.
Tras el altercado de Vito Quiles con Begoña Gómez, mujer del presidente del Gobierno, el aparato mediático ha salido en tromba a hacer lo de siempre: proteger al poder cuando el poder es el suyo. Gómez ha presentado denuncia por agresión y acoso; Quiles sostiene que fue él quien recibió violencia. Las versiones están enfrentadas y será la justicia quien lo aclare. Pero hay algo que no necesita sentencia: en España se está intentando instalar la idea de que ciertas personas son intocables. Y no. No lo son.
Begoña Gómez no es una ciudadana anónima paseando por el parque. Es la mujer del presidente del Gobierno y está investigada judicialmente en una causa que afecta directamente a su actividad pública y a su entorno institucional. Por tanto, se le puede preguntar. Se le debe preguntar. Y quien pretenda convertir cada pregunta incómoda en acoso está haciendo una cosa muy peligrosa: blindar al poder bajo una falsa capa de victimismo.
Quizá las formas de Vito Quiles no sean elegantes. Seguramente no lo sean. Pero una cosa es discutir las formas y otra muy distinta justificar que se responda con violencia o con linchamiento mediático. Porque aquí el problema ya no es Vito Quiles. El problema es el comando charista: ese escuadrón moral que decide quién puede hablar, quién puede preguntar, quién puede incomodar y quién debe callarse.
Son los mismos que llaman fascista a cualquiera que no les aplaude. Los mismos que reparten carnés de odio desde platós subvencionados. Los mismos que llevan años convirtiendo la televisión pública en una extensión sentimental de Moncloa. Y luego se escandalizan cuando alguien les devuelve la misma dureza verbal.
La hipocresía es insoportable.
A Ayuso se le pregunta por todo. Por lo suyo, por lo de su pareja, por lo que ha pasado, por lo que no ha pasado y por lo que el sanchismo necesita que parezca que ha pasado. Y nadie dice que sea acoso. Nadie pide cordones sanitarios periodísticos. Nadie habla de violencia mediática. Ahí todo vale. Ahí la pregunta incómoda es democracia.
Pero cuando la pregunta apunta a Begoña Gómez, entonces aparece el drama nacional. Entonces hay que protegerla. Entonces preguntar es perseguir. Entonces incomodar es agredir. Entonces el periodismo molesto se convierte en amenaza.
No cuela.
Lo más lamentable es ver a determinados periodistas públicos actuando como guardaespaldas narrativos del Gobierno. No informan: escoltan. No preguntan: justifican. No fiscalizan: obedecen. Y encima se llaman independientes con una solemnidad que ya produce vergüenza ajena.
Porque el periodismo no consiste en proteger al poderoso simpático. Consiste en incomodar al poderoso, también cuando el poderoso se apellida Sánchez, vive en Moncloa o se beneficia de estar cerca del poder.
Ya está bien de vacas sagradas.
Ya está bien de intocables. Ya está bien de convertir la pregunta incómoda en delito moral.
España no necesita más comandos charistas ni más periodistas con rodilleras institucionales. Necesita algo mucho más sencillo: que al poder se le pregunte, que el poder responda y que nadie tenga bula por ser “mujer de”. Porque cuando preguntar molesta tanto, casi siempre es porque hay demasiado que explicar.
Miguel Ángel Arranz

.png)




