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El falso de Rufián se reinventa.

  • 11 feb
  • 2 Min. de lectura


Hay políticos que evolucionan. Otros simplemente detectan por dónde sopla el viento. Y luego está Gabriel Rufián, que directamente cambia de guion sin despeinarse.


El mismo que llegó al Congreso proclamando que aquel no era su Parlamento —porque era el de España y no el de Cataluña— ahora se ofrece, poco menos, como voz sensata para liderar una España de unidad, convivencia y no sé cuántas palabras más que hace unos años le provocaban urticaria parlamentaria. Milagros de la hemeroteca.


Conviene recordar de dónde venimos. El independentismo no nació para integrar España, sino para romperla. No llegó a Madrid para mejorar el Estado, sino para cuestionarlo. Y, sin embargo, hoy asistimos a un fenómeno curioso: quienes despreciaban las instituciones españolas ahora compiten por protagonizarlas. Quien negaba legitimidad al Congreso, ahora parece dispuesto a marcarle el rumbo. No es evolución ideológica. Es supervivencia política.


Porque el independentismo práctico —el real, no el del eslogan— nunca fue “primero Cataluña”. Fue otra cosa mucho más simple: primero yo, luego yo y, si queda tiempo, también yo. Cuando la confrontación daba votos, confrontación. Cuando la moderación suma minutos en televisión, moderación. Cuando el victimismo movilizaba, victimismo. Cuando toca parecer estadista, estadista. Y así se reinventa el personaje.


El problema no es que un político cambie. El problema es cuando el cambio no responde a convicciones sino a conveniencia. Cuando el discurso no se modula por reflexión, sino por cálculo. Cuando quien negaba la legitimidad del marco institucional ahora aspira a capitalizarlo. Eso no es reconciliación. Es oportunismo.


Porque si ayer España era un “Estado opresor” y hoy es un espacio que se puede liderar, alguien debería explicar qué ha cambiado exactamente: ¿la realidad… o las encuestas?


El independentismo que prometía épica ha acabado ofreciendo pragmatismo de salón. Y lo hace sin pedir disculpas, sin admitir errores y sin reconocer que durante años alimentó una fractura que ahora pretende administrar con tono responsable.


Se puede defender la unidad. Se puede defender la independencia. Lo que no se puede es defender una cosa y su contraria según convenga al titular del día.


La política española está acostumbrada a las metamorfosis. Pero pocas tan plásticas como esta: del desprecio al liderazgo en un par de legislaturas. Del “no nos representan” al “déjennos representar”.


Rufián no se reinventa por convicción. Se reinventa porque el momento lo exige. Y eso, más que estrategia, es puro instinto de supervivencia.


Lo demás es maquillaje parlamentario.


Miguel Ángel Arranz

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