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EL GUSTITO DEL PROGRETONTO.

  • 1 abr
  • 2 Min. de lectura


Hay una forma muy concreta de hacer política en España que no tiene nada que ver con la gestión, ni con la estrategia, ni siquiera con la ideología. Tiene más que ver con el capricho. Con ese pequeño placer inmediato, infantil, casi adolescente, de hacer algo simplemente porque molesta al de enfrente. A eso, sin rodeos, es a lo que estamos asistiendo estos días: al gustito del progretonto.


Porque lo de Pedro Sánchez no es política exterior. Es postureo con presupuesto público.

Lo de la gorrita no es una anécdota. Es el síntoma. Detrás hay horas de asesoría, reuniones, estrategia de comunicación… trescientos asesores —o los que sean— trabajando no para resolver problemas reales, sino para fabricar una escena. Una imagen. Un gesto que se viralice. Eso es todo.


Y luego está lo serio, que es aún peor. La decisión —o el amago— de restringir el paso de aviones estadounidenses por el espacio aéreo español no responde a una posición sólida de Estado. Responde al mismo impulso: el de parecer rebelde ante su electorado. El de escenificar una supuesta autonomía que luego, en la práctica, no existe.


Porque la realidad siempre acaba imponiéndose. Pasó con Israel y volverá a pasar con Estados Unidos. De cara a la galería, tensión. De cara a los titulares, firmeza. Pero por detrás, acuerdos, compras, relaciones intactas. España no está en posición de jugar a ser potencia independiente, y Sánchez lo sabe. Otra cosa es que le compense fingir lo contrario durante unos días. Esto no va de si gusta más o menos la política internacional de Estados Unidos o cómo se esté desarrollando el conflicto con Irán. Eso es otro debate. Aquí el problema es mucho más básico: la frivolización del poder.


Gobernar no es darse gustitos. No es comportarse como ese niño que hace algo no porque crea en ello, sino porque sabe que molesta. No es utilizar las instituciones para lanzar mensajes simbólicos vacíos mientras, en paralelo, se hace exactamente lo contrario en los despachos. Eso no es liderazgo. Es puro teatro.


Y lo preocupante no es solo el gesto, sino el patrón. Sánchez ya ha demostrado cómo funciona: tensión calculada, pose pública, rectificación silenciosa. Mucho ruido, poca coherencia. Mucho titular, poca verdad. Mientras tanto, España sigue perdiendo peso. Poco a poco, sin grandes titulares, pero de forma constante. Porque un país no se debilita de golpe, se desgasta. Y este tipo de política, basada en ocurrencias y en satisfacer a una parroquia concreta, no construye nada sólido.


Solo deja eso: el gustito. El aplauso fácil de los suyos durante 24 horas. Y el vacío político el resto del tiempo.


Miguel Ángel Arranz

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