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El miserabilismo de Ramón Espinar y Miguel Ángel Blanco

  • 13 jul
  • 2 min de lectura



Hay frases que retratan a una persona mucho mejor que toda una biografía. Frases que desnudan una forma de entender la política, la moral y los límites de la convivencia.


Ramón Espinar ha afirmado que prefiere ser amigo de un etarra antes que de Vito Quiles. La frase ha generado una enorme polémica. Y conviene aclarar algo desde el principio: esta columna no trata sobre Vito Quiles. Se puede estar de acuerdo con él o discrepar profundamente de su trabajo. Se puede criticar su estilo, sus formas o su manera de ejercer el periodismo.


Pero eso es completamente irrelevante.


Porque la comparación no es entre dos periodistas. La comparación es entre un ciudadano libre y un terrorista.


Un etarra no es alguien que piense diferente. No es un adversario político. No es un militante de otra ideología. Un etarra pertenece a una organización terrorista que asesinó, secuestró y extorsionó durante décadas. ETA dejó más de ochocientas víctimas mortales y miles de personas marcadas para siempre por el miedo. Miguel Ángel Blanco fue uno de esos asesinados. Su secuestro y posterior ejecución provocaron una movilización ciudadana sin precedentes y se convirtió en un símbolo de la defensa de la libertad frente al terrorismo. (Fundación Miguel Ángel Blanco)


Por eso resulta tan degradante escuchar a un antiguo político convertido en tertuliano pronunciar semejante frase con absoluta naturalidad.


No se trata de una provocación ingeniosa. Es una banalización del terrorismo.


Porque cuando alguien afirma que prefiere la amistad de un etarra frente a la de otra persona únicamente por razones ideológicas, está trasladando un mensaje muy peligroso: que el asesinato puede quedar en un segundo plano si el asesino comparte determinadas ideas.


Eso supone una degradación moral enorme.


Y todavía más preocupante ha sido contemplar cómo una parte de la izquierda ha respondido con aplausos, risas o justificaciones. No se ha condenado la frase. Se ha celebrado. Se ha compartido como si fuera una ocurrencia brillante.


Ese es el verdadero problema.


No estamos hablando de libertad de expresión. Ramón Espinar tiene derecho a decir lo que quiera. Lo que también tenemos derecho los demás es a juzgar el contenido moral de sus palabras. Y esas palabras son miserables.


Porque Miguel Ángel Blanco no murió para que, treinta años después, algunos se permitieran frivolizar con quienes lo asesinaron. ETA no fue una opinión política. Fue una organización criminal que utilizó el tiro en la nuca, el coche bomba y el secuestro como herramientas de acción política.


La memoria de las víctimas merece algo más que ocurrencias de plató. Lo más triste es comprobar que como sociedad parece que estamos retrocediendo. Hubo un tiempo en que España se unió frente al terrorismo sin importar las siglas políticas. Aquel espíritu de Ermua representó la dignidad colectiva de un país entero.

Hoy, sin embargo, hay quien convierte el terrorismo en un chascarrillo y recibe aplausos.


Solo queda pedir perdón a Miguel Ángel Blanco y a todas las víctimas de ETA.


Perdón porque algunos no han aprendido absolutamente nada.

Y porque mientras existan referentes públicos capaces de presumir de preferir la amistad de un terrorista antes que la de un ciudadano por razones ideológicas, seguiremos demostrando que la memoria es mucho más frágil de lo que creíamos.


Eso no es progreso.

Es una derrota moral.


Miguel Ángel Arranz

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