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El Nobel como ofrenda al poder

  • 21 ene
  • 2 Min. de lectura


Cuando te conceden un Premio Nobel, no te pertenece del todo. Representa una causa, una lucha, una responsabilidad moral. Por eso lo de María Corina Machado es tan grave.


Le han dado el Nobel y ha ido a “compartirlo” con Donald Trump. Dicho sin rodeos: ha convertido un premio colectivo en una dádiva personal. En lugar de honrarlo con sobriedad y altura, lo ha usado como moneda simbólica para acercarse al poder que hoy cree decisivo. Eso no es liderazgo. Es cálculo.


Una cosa es defender a tu país y a tu gente frente a una dictadura. Ahí el Nobel tiene sentido. Otra muy distinta es ofrecer ese prestigio moral como obsequio, como si fuera un trofeo que se lleva bajo el brazo para agradar a quien sabe que disfruta recibiendo halagos. Ese gesto no engrandece a nadie; empequeñece.


El Nobel no se comparte. Se representa. No se regala. Se protege. Y, sobre todo, no se utiliza para buscar el favor de un dirigente extranjero, por influyente que sea. Cuando una dirigente cruza esa línea, deja de hablar en nombre de una causa y empieza a hablar en nombre de sí misma.


Aquí no hay diplomacia ni estrategia brillante. Hay servilismo. Hay la vieja política de inclinar la cabeza ante el poder esperando recompensa. Y eso, viniendo de quien se presenta como referente moral, resulta especialmente decepcionante.


Porque al final el daño no es solo para ella. Es para la causa venezolana, que no necesita gestos teatrales ni ofrendas simbólicas, sino dignidad, coherencia y firmeza.


Lo demás —el Nobel como regalo, la foto buscada, el guiño interesado— genera exactamente lo que muchos hemos sentido: vergüenza ajena. Y esa, cuando aparece, ya no se borra con discursos.


Miguel Ángel Arranz

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