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El nuevo martirologio " cool " del periodismo patrio

  • 17 feb
  • 2 Min. de lectura


Hay algo profundamente impostado en ese manifiesto firmado por “cientos de intelectuales, periodistas y juristas” contra las supuestas “redes de odio”. No por el fondo —nadie en su sano juicio defiende amenazas o acoso— sino por la puesta en escena. Esa foto coral, esos logos bien alineados, ese tono grave con hashtag incorporado. Todo muy moderno, muy transversal, muy comprometido. Muy de cartel de festival cultural alternativo.


Recuerda demasiado al artistéo de siempre: cuando el gremio decide que toca posicionarse, se convoca la foto, se redacta el manifiesto y se crea la narrativa. Y quien no firma, sospechoso. Quien discrepa, señalado. Quien critica, automáticamente parte del “problema”.


Lo preocupante no es que haya periodistas con ideología —eso ha existido siempre— sino que una parte del periodismo español haya asumido el papel de actor político sin complejos y, ahora, además, el de víctima oficial. Durante décadas han disfrutado de una cómoda hegemonía cultural. Marcaban el marco mental, decidían qué era respetable y qué no, quién era demócrata homologado y quién no. Esa superioridad moral era su principal activo.


Pero el monopolio del relato se ha roto. Las redes sociales, los medios alternativos y la fragmentación informativa han pulverizado la vieja pirámide. Ya no controlan la conversación como antes. Y cuando uno deja de manejar el cotarro, tiene dos opciones: competir o victimizarse. Han elegido lo segundo.


El manifiesto no es solo una denuncia contra el acoso —que insisto, es condenable— sino el primer capítulo de un relato más amplio: “nos persiguen”, “nos intimidan”, “hay una ola reaccionaria que amenaza la libertad de prensa”. El siguiente paso es obvio: internacionalizar el discurso. Convertir el debate político áspero —que existe en todas las democracias— en una supuesta “represión informativa”.


Es una jugada conocida. Cuando se pierde influencia, se apela al martirio. Cuando se pierde audiencia, se invoca la amenaza. Cuando se pierde hegemonía, se construye una épica defensiva.


El problema es que esa estrategia degrada todavía más la credibilidad del oficio. El periodismo no puede reclamar inmunidad moral permanente. No puede exigir respeto automático mientras participa activamente en la batalla política. No puede editorializar cada día y luego sorprenderse de que haya contestación.


Si todo es odio, nada es odio. Si toda crítica es acoso, la palabra pierde sentido. Y si cada discrepancia se presenta como fascismo, el término deja de describir y pasa a ser un simple recurso propagandístico.


Lo verdaderamente lamentable no es que existan manifiestos. Es que el periodismo haya abrazado la estética del activismo identitario para proteger su estatus. El oficio que debería fiscalizar el poder parece hoy más preocupado por preservar su influencia.


La libertad de prensa no se defiende con hashtags. Se defiende con rigor, pluralismo y autocrítica. Lo demás es escenografía. Y el país ya ha visto demasiadas.


Miguel Ángel Arranz

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