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EL PAGAFANTAS DE MARRUECOS

hace 4 días
2 min de lectura


Hay países que defienden sus intereses y otros que parecen empeñados en financiar los intereses de los demás. España, últimamente, tiene una preocupante facilidad para ocupar el segundo grupo.


Marruecos está desarrollando una gigantesca estrategia de desalación para garantizar agua, impulsar su agricultura y aumentar su capacidad productiva. Y España participa en la financiación de la desaladora de Casablanca con cerca de 340 millones de euros de respaldo financiero público, entre créditos, cobertura y participación pública.


Sí. Ha leído bien.


Dinero y riesgo público español para una infraestructura estratégica de Marruecos.


Que una empresa española haga negocio construyendo desaladoras allí me parece perfecto. Que venda tecnología, facture y gane dinero. Para eso están las empresas. Pero cuando aparece el respaldo del Estado y, por tanto, el riesgo termina alcanzando al dinero público, la pregunta cambia por completo: ¿qué interés estratégico español estamos defendiendo?


Porque Marruecos no desala agua por romanticismo ecológico. Necesita abastecer a sus ciudades, pero también quiere garantizar agua para su agricultura. Una agricultura que compite directamente con la española en los mercados europeos.


La escena empieza a parecer un chiste escrito contra nosotros mismos: agricultores españoles soportando costes, restricciones, burocracia y problemas de disponibilidad de agua mientras España contribuye financieramente a desarrollar infraestructuras que fortalecen la capacidad productiva de uno de sus principales competidores agrícolas.


Y aquí aparece la contradicción que nadie termina de explicar.


España conoce perfectamente los problemas hídricos de buena parte de nuestro campo. Conoce las dificultades del Levante, sabe lo que significa cada sequía y sabe que el agua será uno de los grandes recursos estratégicos de las próximas décadas. Pero somos capaces de movilizar respaldo financiero público para una infraestructura gigantesca al otro lado del Estrecho destinada precisamente a preparar a Marruecos para ese futuro.


No se trata de levantar un muro económico frente a Marruecos. Se trata de algo bastante más elemental: saber primero cuáles son nuestros intereses y después decidir dónde prestamos, garantizamos o arriesgamos el dinero público. Porque una cosa es cooperación internacional y otra financiar alegremente las ventajas competitivas del vecino mientras tus propios agricultores preguntan dónde está su plan.


Pero todavía queda lo mejor.


Estamos hablando del mismo Marruecos desde cuyo Gobierno se han reiterado posiciones sobre Ceuta y Melilla que chocan frontalmente con la soberanía española.


Nuestra diplomacia parece haber alcanzado así una dimensión difícil de superar: tú cuestionas mi territorio y yo contribuyo a financiar tu desaladora.


Marruecos hace exactamente lo que corresponde a cualquier Estado: defender sus propios intereses. Invierte, planifica, busca financiación y prepara su agricultura para competir durante las próximas décadas.


Y ahí está probablemente la parte más incómoda de toda esta historia. Marruecos parece tener claro qué quiere de España. Lo que empieza a resultar bastante más difícil es saber qué quiere España de Marruecos.


Porque después de años de decisiones, concesiones y giros en nuestra política hacia Rabat, Pedro Sánchez debería explicar algo extraordinariamente sencillo: ¿qué obtiene España a cambio?


No hace falta otra cumbre. Ni otra fotografía. Ni otro comunicado diplomático lleno de palabras huecas sobre cooperación estratégica.

Bastaría con una respuesta.


Mientras llega, podemos seguir pagando. Para eso parecemos estar.


Miguel Ángel Arranz



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