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EL PEQUEÑO RUFIÁN SE ENCUENTRA SOLO.

  • 15 abr
  • 2 Min. de lectura


Hay algo profundamente revelador en cómo se desinfla un personaje político cuando intenta jugar en una liga que no es la suya. Y eso es exactamente lo que le está pasando a Gabriel Rufián.


Durante años, Rufián ha construido su personaje a base de provocación, de desprecio calculado y de una retórica agresiva contra todo lo que oliera a España. Ese era su papel. Y lo jugaba bien: altavoz del independentismo en Madrid, azote del “régimen”, verso suelto con licencia para insultar. Hasta ahí, coherente.


El problema llega cuando decide reinventarse. Cuando pasa de dinamitar el tablero a querer sentarse en la mesa como uno más. Cuando pretende venderse como una especie de salvador nacional frente a la “ultraderecha”, como si aquí nadie tuviera memoria.


Y ahí es donde empieza su caída. Porque mientras él se lanzaba a esa especie de gira nacional para seducir a la izquierda española, los suyos —los de verdad— tomaban nota. En política hay una regla básica: puedes ser muchas cosas, pero no puedes ser desleal a tu propio espacio. Y Rufián ha jugado a dos bandas.


Por un lado, intentando agradar a esa izquierda fragmentada —Podemos, Sumar, Izquierda Unida— que ahora, curiosamente, está en plena operación de reagrupamiento. Ya no están para experimentos ni para outsiders. Están buscando líderes claros, estructuras definidas, candidatos reconocibles. Ahí tienes a Maíllo en Andalucía: perfil orgánico, controlado, sin aventuras personales.


Justo lo contrario de Rufián. Porque Rufián no encaja ahí. Nunca va a encajar. Para esa izquierda, él siempre será “el de Esquerra”. El independentista que vino a Madrid a dar lecciones. El que no jugaba en el mismo equipo. Y eso no se olvida.


Ni se perdona. Pretender ahora que ese mismo espacio le abra los brazos es un ejercicio de ingenuidad política o de soberbia, probablemente de ambas. Porque la izquierda española podrá estar fragmentada, pero tiene memoria selectiva cuando le conviene. Y en ese archivo mental, Rufián no figura como aliado fiable.


Pero es que, además, tampoco tiene ya casa propia. En Esquerra Republicana no gustan estas aventuras personales. No gustan las escapadas de protagonismo. No gustan las tentaciones de convertirse en figura nacional por encima del proyecto colectivo. Y menos aún cuando implican rebajar el discurso o modular el mensaje para caer bien fuera de Cataluña.


Eso, en el mundo independentista, tiene un nombre: traición. Así que Rufián se encuentra en tierra de nadie. Sin espacio en la izquierda estatal y con crédito menguante en su propio partido. Ha querido ser algo más grande de lo que le correspondía y ha terminado quedándose sin nada sólido a lo que agarrarse.


Ha querido ser un Rivera de izquierdas, un fenómeno nacional, un político transversal. Y lo que ha conseguido es exactamente lo contrario: evidenciar sus límites.


Porque en política no basta con querer jugar en otra liga. Hay que tener equipo. Y ahora mismo, Gabriel Rufián no lo tiene.


Se ha quedado solo. Y, esta vez, ni no es un personaje. Es la realidad.


Miguel Ángel Arranz

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