El presidente con complejo de guía turístico
- 26 feb
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Lo ha vuelto a hacer. El presidente ha decidido que, con la que está cayendo, lo urgente era grabarse haciendo de anfitrión simpático en el palacio. Cameo improvisado, sonrisa ensayada, tono cercano. El jefe del Ejecutivo convertido en guía turístico de sí mismo. Porque, claro, ¿qué sería de él sin las redes sociales?
Las redes son peligrosísimas, tóxicas, fábrica de bulos, altavoz de la “fachosfera” y la “bulosfera”… salvo cuando las usa él. Ahí ya no hay manipulación. Ahí hay pedagogía. Ahí la información es veraz. Institucional. Casi sagrada. Restringir, sí. Pero para los demás.
Regular, por supuesto. Pero al discrepante. Fiscalizar, naturalmente. Pero al crítico. Él no. Él comunica. Él explica. Él humaniza. Y así, mientras medio país intenta entender cómo llega a fin de mes, el presidente sorprende a visitantes en la Moncloa y se improvisa cicerone. Le habrá dicho algún asesor: “Presidente, esto le hace cercano”. “Presidente, esto le muestra humano”. “Presidente, esto conecta”.
No conecta. Desconecta. Desconecta cuando todavía hay familias del volcán en La Palma que siguen sin una solución digna.
Desconecta cuando los afectados por la DANA siguen esperando respuestas claras sobre ayudas prometidas.
Desconecta cuando hay ciudadanos que sienten que la prioridad institucional no es su problema, sino la puesta en escena. Porque no es solo la anécdota. Es el contexto.
No es que un presidente pueda bromear. Es que hay momentos en los que bromear es una frivolidad política. No es que pueda usar redes. Es que cuando llevas meses cuestionando su influencia, su toxicidad y su impacto democrático, y después las conviertes en tu escenario favorito, el mensaje es claro: el problema no son las redes, el problema es quién las usa. Y ahí está la contradicción.
Curiosamente, esta teatralización del poder recuerda mucho a lo que hace Donald Trump en la Casa Blanca: sorprender visitas, pasear cámaras, convertir la institución en plató. Tanto que se le critica, tanto que se le señala… pero cuando conviene, se imita. El poder convertido en espectáculo.
Mientras tanto, los problemas estructurales siguen ahí. Vivienda, inflación, ayudas que no llegan, trámites que se eternizan, familias esperando. Pero el presidente sonríe, bromea, hace de guía, saluda, posa. No cocina un hombre, pero queda simpático. No resuelve, pero proyecta cercanía. No gestiona mejor, pero comunica más.
Y en esa España paralela que parece haberse construido, todo es relato. Todo es clip. Todo es viral. El problema es que la realidad no se edita.
Y cuando la realidad aprieta, el presidente con complejo de guía turístico no parece cercano. Parece frívolo. Y, sobre todo, parece más preocupado por el encuadre que por el país.
Miguel Ángel Arranz





