El vendehumo de Rivera pide a Democracia 21 que no se presente

El antiguo líder de Ciudadanos, que tuvo su oportunidad de gobernar y terminó abandonando la política, vuelve ahora para explicar a los demás cómo deben hacer las cosas.
Dice el vendehumos de Albert Rivera que no es momento de experimentos políticos, que presentar nuevos partidos puede fragmentar el voto y que lo conveniente es concentrarlo en formaciones con posibilidades de gobernar. Lo ha dicho al referirse a Democracia 21, el proyecto de Miriam González Durántez. Y se ha quedado tan ancho.
Habla el que menos tiene que hablar.
Porque si alguien ha demostrado que una cosa es vender la moto y otra muy distinta conducirla, ese es Albert Rivera. Un auténtico especialista en hablar, en construir discursos aparentemente brillantes y en explicar, una vez que todo ha ocurrido, lo que habría que haber hecho. Eso sí, cuando tuvo que tomar decisiones de verdad, cuando el futuro político de España también dependía de él, la película terminó de una manera bastante diferente a como nos la había vendido.
Rivera tuvo su momento. Tuvo millones de votos, una formación en pleno crecimiento y una oportunidad histórica de influir decisivamente en el Gobierno de España. Pero le pudo la ambición. Quiso dejar de ser decisivo para convertirse en protagonista absoluto. Quiso disputar el liderazgo de la derecha y terminó viendo cómo su proyecto político se desmoronaba.
Y ahora resulta que este señor pretende dar lecciones sobre cuándo debe presentarse un partido, qué posibilidades debe tener y qué ambición política resulta aceptable.
Es para echarse a reír.
El mismo Rivera que construyó su carrera presentándose como una alternativa a los partidos tradicionales viene ahora a decirles a los nuevos que tengan cuidado, que pueden fragmentar el voto y que mejor dejar el terreno a quienes ya están instalados.
¿Pero no consistía precisamente en eso la regeneración política? ¿En ofrecer alternativas? ¿En romper con los partidos de siempre? ¿O aquello solamente era válido cuando el protagonista se llamaba Albert Rivera?
Porque esa es otra de las grandes contradicciones de determinados tecnócratas de salón: predican la renovación hasta que son ellos quienes tienen que apartarse. Entonces descubren las bondades del voto útil, de la concentración electoral y de dejar las cosas como están.
Rivera vende muy bien la película. Eso nadie se lo puede discutir. Tiene facilidad de palabra, domina los escenarios y sabe construir un discurso. Pero una cosa es saber hablar y otra muy distinta saber gobernar. Y otra todavía más complicada es saber interpretar el futuro político de un país.
Ahora intenta reorientar su carrera profesional como opinólogo, como coach y como enseñólogo de cómo hablar en público. Una actividad perfectamente respetable. Pero convendría distinguir entre enseñar técnicas de comunicación y pretender impartir lecciones magistrales de estrategia política después de haber protagonizado semejante fracaso electoral.
Y aquí viene lo verdaderamente llamativo: Democracia 21 concurrirá a las elecciones del 29 de noviembre en coalición, precisamente, con Ciudadanos y UCIN. Es decir, el partido que Rivera dirigió participa ahora en un proyecto sobre cuya oportunidad política él mismo ha expresado serias dudas.
No deja de tener su ironía.
Que Democracia 21 consiga representación o termine siendo otro intento fallido lo decidirán los ciudadanos. No Albert Rivera, ni los tertulianos, ni los profesionales de explicar los acontecimientos cuando ya han sucedido.
Porque para presentarse a unas elecciones no hay que pedir permiso a quienes estuvieron antes, ni acreditar posibilidades de alcanzar la Moncloa. Basta con tener un proyecto, cumplir la ley y someterse al juicio de las urnas.
La democracia no es un club privado reservado a quienes se consideran capacitados para gobernar.
Y quizá ese sea el problema de fondo: algunos siguen confundiendo su experiencia política con una autoridad que nadie les ha concedido.
Rivera tuvo su oportunidad. La aprovechó como consideró oportuno y los resultados están en los libros de historia electoral.
Ahora debería comprender que los demás también tienen derecho a intentarlo.
Porque una cosa es vender humo y otra pretender que, después de haberse apagado tu propio incendio político, nadie más tenga derecho a encender una nueva ilusión.
Miguel Ángel Arranz
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