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Emergencia en La Moncloa

  • 7 abr
  • 2 Min. de lectura

Cuatro días. Cuatro malditos días sin que Pedro Sánchez sea el centro del universo. Para cualquier ciudadano, es un respiro; para la Moncloa, es Código Rojo.


Porque cuando Sánchez sale del foco, ocurre lo inevitable: la realidad aprovecha para entrar en escena. Y la realidad es un invitado incómodo. Corrupción, desgaste, contradicciones y datos que no admiten filtros de Instagram. Ante el silencio, se activa el protocolo: los más de 300 asesores —esa corte de creativos del PowerPoint y la ocurrencia de guardia— se encierran para producir lo único que fabrican con eficacia: humo de colores.


¿La gran idea tras el parón de Semana Santa?

  • Una camiseta de la selección.

  • Una performance.

  • Un vídeo.


En definitiva: política convertida en spot publicitario.


Ya no gobiernan, representan. No gestionan, escenifican. No explican el BOE, lo dramatizan. Y ahí aparece el líder, enfundado en la roja, hablando de empleo como el capitán que acaba de ganar el Mundial, cuando lo que tiene entre manos es un mercado laboral dopado de maquillaje estadístico y precariedad estructural. El problema ya no es la puesta en escena; el problema es que el truco se ve demasiado. Lo que antes buscaba impacto, hoy solo genera indiferencia. Cuando conviertes cada gesto en propaganda, acabas anestesiando al público. Cuando todo es relato, nada es creíble.


Pero ojo, la jugada no es torpe. Está diseñada quirúrgicamente para su parroquia: esa legión entrenada —los "progretontos" sin complejos— que no analizan, repiten. No cuestionan, amplifican. Tipos que ven una ocurrencia y la elevan a tendencia, aplaudiendo la "modernidad" y la "cercanía" de un presidente que confunde gobernar con posar.

Como si ponerse una prenda fuera legislar. Como si editar un vídeo fuera crear riqueza. Como si el marketing pudiera sustituir a la cesta de la compra.


En el fondo, el objetivo es puro instinto de supervivencia: tapar, distraer, ocupar el aire. Que no se hable de lo incómodo, que no se mire donde duele, que nadie piense demasiado. Es la estrategia del ruido blanco para que no se oigan las grietas del edificio.

Y esa es la verdadera tragedia: hemos pasado de exigir resultados a comentar estilismos. España ha dejado de ser un país para convertirse en un plató de televisión donde la política es puro atrezo.


Lo grave no es la camiseta. Lo grave es que, cuando se apagan los focos, detrás no hay nadie.


Miguel Ángel Arranz

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