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En la cocina de Begoña hay que llevar mascarilla

  • 21 abr
  • 2 Min. de lectura


España ha convertido la política en un plató. Y los casos judiciales, en capítulos de una serie que ya ni sorprende. Cambian los nombres, cambian las siglas, pero el guion es siempre el mismo: escándalo, negación, ruido… y a otra cosa.


La “cocina” ya la conocemos. No es una metáfora nueva. Viene de la Operación Kitchen, ese episodio turbio en el que el poder se utilizó para tapar al poder. Ahí el Partido Popular dejó claro hasta dónde podía llegar cuando se trataba de protegerse. Cloacas, espionaje y utilización del Estado como escudo. Nada menor. Pero ahora la cocina ha cambiado de fogones.


El foco está en Begoña Gómez. Y otra vez el mismo patrón: relaciones, influencias, sospechas y una respuesta política que no aclara nada. El Partido Socialista Obrero Español no responde, se defiende atacando. Y Pedro Sánchez vuelve a hacer lo que mejor sabe: aguantar. Resistir. Convertir cualquier caso en una batalla política en lugar de dar explicaciones claras.


Y por si faltaba algo en este espectáculo, entra en escena el caso de José Luis Ábalos y su entorno, con Koldo García como símbolo perfecto de esa política de pasillos, favores y contactos que nunca aparece en los programas electorales pero siempre termina en los juzgados.


Aquí ya no hablamos de sospechas difusas. Hablamos de un procedimiento judicial en marcha por el llamado “caso mascarillas”, donde Koldo y el entorno de Ábalos están sentados ante la Justicia. Es decir, ya no es solo ruido político: es un proceso real que examina cómo se gestionó dinero público en uno de los momentos más críticos del país. Y aquí es donde entra la mascarilla.


No por higiene, sino por defensa. Porque el ambiente está cargado. PP con Kitchen. PSOE con Begoña. Ábalos y Koldo en los tribunales por las mascarillas. Todo junto. Todo acumulado. Todo normalizado.


Lo verdaderamente preocupante no es que existan estos casos. Es que la gente empieza a asumirlos como parte del paisaje. Como si fuera inevitable. Como si la política fuera esto por definición.


España mira todo esto como quien ve una serie mala: con resignación, incluso con cierto entretenimiento. Un día toca Gürtel, otro Kitchen, otro Begoña, otro Koldo. Cambia el episodio, pero la trama sigue. La pregunta no es si hay responsabilidades. La pregunta es si esto pasa factura.


Porque si no pasa, el mensaje es claro: todo vale. Y entonces ya no hará falta ni mascarilla. Porque el problema no será lo que se cuece en la cocina.


Será que a nadie le importa lo que sale de ella.


Miguel Ángel Arranz

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