Es acojonante: todos han ganado
- 18 may
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Hay algo profundamente ridículo en la política española moderna: nadie pierde nunca. Da igual el resultado. Da igual el batacazo. Da igual que te hundas electoralmente. Siempre aparece alguien en la noche electoral diciendo que “hemos cumplido objetivos”. Y lo de Andalucía ya fue directamente una caricatura.
Todos ganaron. El Partido Socialista salió prácticamente celebrando que Juanma Moreno no lograse mayoría absoluta. Ese era el gran objetivo estratégico de Moncloa. No ganar Andalucía. No recuperar terreno. No frenar la sangría electoral. No ilusionar a nadie. No. El objetivo era simplemente que el PP no gobernase solo.
Hay que tener una cara tremenda para vender eso como un éxito después de firmar uno de los peores resultados de su historia en Andalucía. Pero así funciona el sanchismo: el relato siempre está por encima de la realidad. Si pierden, manipulan el marco. Si fracasan, redefinen el éxito.
Y mientras tanto, Pedro Sánchez desaparecido.
Porque Sánchez solo aparece cuando puede ponerse la medalla. Cuando hay derrota, los candidatos son responsables. Cuando hay victoria, el triunfo es suyo. Es el manual clásico del sanchismo: privatizar los éxitos y socializar los fracasos.
De hecho, fue hasta cómico ver cómo desde el PSOE intentaban convencernos de que las elecciones autonómicas y las generales son “autopistas distintas”. Que en Andalucía van mal, sí, pero que en España “van como un tiro”. Claro. Como si los ciudadanos sufriesen una especie de trastorno de personalidad múltiple cada vez que meten una papeleta distinta en una urna distinta.
Y mientras tanto, María Jesús Montero ya puede ir asumiendo la realidad: políticamente está amortizada. Sánchez hace siempre lo mismo con sus ministros-candidatos. Los lanza como escudos humanos, los quema electoralmente y luego los deja abandonados. No eres diferente al resto, María Jesús. No te aprecia más que a ninguno. Simplemente te tocó ser la siguiente pieza sacrificable.
Luego apareció Vox reivindicando también su “gran éxito”. ¿Y cuál es exactamente ese éxito? Que el Partido Popular no pueda gobernar solo. Ese es el techo político que se marcan. Un partido que supuestamente venía a “cambiar España” acaba celebrando ser la muleta imprescindible del PP.
Es una confesión política bastante demoledora.
Porque Vox vive mucho mejor en la oposición permanente, en la confrontación continua y en el ruido constante. Gobernar obliga a gestionar. Y gestionar desgasta. Además, cuando estás dentro del gobierno ya no puedes dedicarte las 24 horas del día a denunciar al sistema porque formas parte de él.
Por eso estos pactos tienen fecha de caducidad. Porque Vox no tiene vocación real de estabilidad institucional. Tiene vocación de resistencia permanente, de tensión permanente y de campaña electoral infinita.
Y finalmente llegó el Partido Popular proclamando una victoria “rotunda”.
Sí, ha ganado. Evidentemente ha ganado. Las cifras son las cifras. Pero convendría rebajar un poco la euforia cuando pierdes cinco diputados respecto a tu mejor escenario posible y vuelves a depender de Vox para asegurar determinadas maniobras políticas.
Ese es el verdadero problema del PP: que comparte espacio electoral con Vox y eso le obliga constantemente a endurecer el discurso para demostrar quién representa “la derecha auténtica”. Y ahí está el riesgo para Juanma Moreno. Para mantener ese equilibrio va a verse empujado poco a poco hacia una mayor radicalización política, aunque su perfil natural sea mucho más moderado.
En el fondo, Andalucía dejó una fotografía bastante clara del momento político español: un PSOE que celebra no hundirse más, un Vox satisfecho con condicionar sin gobernar y un PP que vende como éxito una victoria insuficiente.
Y luego están los partidos menores de la izquierda andaluza, convertidos ya en una suma de siglas, egos y guerras internas que apenas interesan fuera de sus propios despachos. Lo de siempre: cuando los dirigentes se pelean por el poder, quienes terminan golpeándose son los votantes.
Pero lo verdaderamente acojonante fue ver a todos salir ante los micrófonos diciendo exactamente lo mismo:
“Hemos ganado.”
Miguel Ángel Arranz

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