Es corrupción del sistema
- hace 3 días
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Durante años nos han intentado convencer de que la corrupción era un problema de siglas. Que si la corrupción era del PP. Que si la corrupción era del PSOE. Que si la izquierda. Que si la derecha. Pero cada vez resulta más evidente que el verdadero problema es mucho más profundo: la corrupción en España se ha convertido en un problema estructural.
Esta semana hemos conocido dos noticias que llegan desde extremos políticos distintos. En Melilla, una investigación apunta a presuntas irregularidades relacionadas con la construcción de un gran centro comercial durante los años de gobierno del Partido Popular. En Soria, una operación contra la corrupción salpica a responsables vinculados al Partido Socialista. Dos territorios diferentes. Dos partidos diferentes. El mismo patrón.
Y es que la corrupción no nace de unas siglas. Nace de la permanencia excesiva en el poder, de la falta de controles efectivos y de la sensación de impunidad que termina instalándose en determinadas administraciones. Cuando alguien lleva demasiados años gobernando, rodeado siempre de los mismos nombres y tomando decisiones sin apenas contrapesos, aparece un peligro enorme: empezar a creer que las instituciones son una extensión de uno mismo.
Ahí es donde empieza todo. Primero llegan las pequeñas concesiones. Después las amistades influyentes. Más tarde los favores. Y finalmente la convicción de que las normas están para los demás. No importa si hablamos de un alcalde, un consejero, un presidente autonómico o incluso un expresidente del Gobierno. La corrupción suele comenzar cuando una persona deja de verse como un servidor público y empieza a verse como alguien por encima del bien y del mal.
Lo más preocupante es que como sociedad hemos terminado normalizando demasiadas cosas. Hemos aceptado expresiones como “todos hacen lo mismo”, “siempre ha sido así” o “es imposible relacionarse con la Administración sin que alguien saque beneficio”. Cuando una sociedad llega a ese punto, la corrupción deja de ser una excepción para convertirse en una costumbre.
Por eso este debate no debería centrarse en defender a unos o atacar a otros. Debería centrarse en proteger las instituciones de quienes las utilizan para su beneficio personal. Porque hoy puede aparecer un caso en un ayuntamiento gobernado por la izquierda y mañana en otro gobernado por la derecha. El problema seguirá siendo exactamente el mismo.
España no corre el riesgo de convertirse en un país fallido por culpa de una ideología concreta. Corre el riesgo de hacerlo si continúa tolerando una cultura política en la que demasiados responsables públicos creen que nunca les llegará su turno de rendir cuentas.
La corrupción no tiene color político. Tiene una causa mucho más simple: personas que se creen intocables. Y mientras sigamos discutiendo sobre las siglas en lugar de combatir el sistema que permite que eso ocurra, seguiremos leyendo las mismas noticias una y otra vez.
Miguel Ángel Arranz

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