España, ese país donde su jefe del Estado es un florero y su presidente está desaparecido
- 4 ago
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Actualizado: 6 ago

Hay momentos en los que un país espera liderazgo. No discursos vacíos, no fotografías estudiadas, no mensajes preparados por un gabinete de comunicación. Liderazgo. España acaba de vivir uno de esos momentos y la respuesta de sus dos máximas instituciones ha sido desoladora. Un jefe del Estado que aparece tarde y con una tibieza impropia de quien representa la continuidad de la Nación, y un presidente del Gobierno sencillamente desaparecido, refugiado en una estrategia de aparente normalidad mientras el país contempla con estupor lo ocurrido en su frontera sur.
La Corona siempre ha defendido que no interviene en la política cotidiana porque su función es arbitrar y representar al Estado. Ese argumento podría entenderse en la confrontación partidista, pero deja de resultar convincente cuando España afronta una crisis que afecta a su soberanía, a su seguridad y a su posición internacional. Si el Rey únicamente aparece cuando todo ha pasado, cuando las instituciones ya han reaccionado o cuando la presión pública hace inevitable un pronunciamiento, la pregunta es inevitable: ¿para qué sirve la Jefatura del Estado en una situación excepcional? Un jefe del Estado debe transmitir serenidad, pero también liderazgo institucional. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse en un mero símbolo decorativo, en un florero que preside los actos oficiales mientras los problemas reales se desarrollan sin que nadie perciba su influencia.
Y mientras tanto, Pedro Sánchez ha optado por la estrategia que mejor domina: desaparecer. Probablemente alguien en La Moncloa le habrá aconsejado mantener la imagen de normalidad, seguir con la agenda prevista y confiar en que la tormenta amaine sola. La comunicación política del sanchismo consiste demasiadas veces en eso: aparentar que nada sucede para que, con el paso de los días, el problema deje de ocupar titulares. Pero la realidad no desaparece porque el presidente no comparezca. España necesita un Gobierno que gobierne, no un equipo de asesores preocupado por el impacto de una fotografía o por la siguiente publicación en redes sociales.
Lo más preocupante es el mensaje que estamos enviando al resto de Europa. Mientras España intenta transmitir que todo está bajo control, otros países reaccionan endureciendo sus posiciones. Italia anunció controles extraordinarios para proteger sus fronteras y llegó a plantear medidas excepcionales vinculadas al espacio Schengen. Países Bajos ha reclamado una investigación europea sobre lo sucedido y otros gobiernos han expresado públicamente su preocupación por la gestión española de la crisis.
Eso significa que nuestros socios europeos contemplan con inquietud lo que ocurre en la principal frontera sur de la Unión. España no es un país cualquiera en materia migratoria. Es una de las puertas de entrada al continente. Cuando esa puerta transmite sensación de descontrol, el problema deja de ser exclusivamente español para convertirse en una cuestión europea. Y, sin embargo, la respuesta institucional española ha sido la de quien parece confiar más en que pase el temporal mediático que en afrontar el desafío con determinación.
Mientras tanto, una parte del debate público intenta desplazar el foco exclusivamente hacia el drama humanitario. Ese drama existe y merece respeto. Pero reconocer la dimensión humana de una situación no obliga a ignorar la dimensión política, la de seguridad o la de control fronterizo. Son planos distintos y compatibles. Reducir todo el debate a la compasión impide discutir por qué España vuelve a convertirse periódicamente en escenario de episodios de presión migratoria perfectamente conocidos por nuestras autoridades.
Porque lo ocurrido no surge de la nada. Marruecos lleva años demostrando que utiliza la presión migratoria como un instrumento de influencia política y diplomática cuando considera que le resulta conveniente. Negarlo no hace desaparecer el problema. Al contrario, solo transmite una imagen de debilidad que invita a repetir la estrategia.
España necesita instituciones que estén a la altura de los desafíos. Un Rey cuya presencia aporte algo más que protocolo y un presidente que aparezca cuando el país lo necesita, no cuando las encuestas o los asesores consideran que resulta conveniente. Porque cuando el jefe del Estado parece un espectador y el presidente actúa como si nada estuviera ocurriendo, quienes acaban transmitiendo sensación de fortaleza son precisamente quienes ponen a prueba nuestras fronteras. Y eso, para cualquier nación seria, debería ser sencillamente inaceptable.
Miguel Ángel Arranz

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