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Gobernar no es vencer al adversario, es servir a los ciudadanos

  • 9 jun
  • 3 min de lectura


Ayer dediqué poco más de media hora a escuchar al papa León XIV en el Congreso de los Diputados. Fue probablemente una de las medias horas más productivas que puede invertir cualquier ciudadano interesado en la política. Y lo digo dejando a un lado las creencias religiosas de cada uno. Más allá de la doctrina, de la fe o de las convicciones personales, me quedo con la reflexión política y social que trasladó durante su intervención. Porque mientras gran parte de nuestros dirigentes siguen atrapados en el ruido, la propaganda y la confrontación permanente, el Papa recordó algo elemental: detrás de cada decisión política hay personas de carne y hueso que sufrirán o disfrutarán sus consecuencias. Una idea tan sencilla como necesaria en una época en la que demasiados políticos parecen haber olvidado para quién gobiernan realmente.


La visita del Papa al Congreso de los Diputados ha dejado una reflexión que trasciende cualquier creencia religiosa y cualquier posición ideológica. Más allá de las cuestiones morales o doctrinales que cada uno pueda compartir o no, el mensaje central fue claro: la política tiene consecuencias directas sobre la vida de las personas.


Puede parecer una obviedad, pero en una época dominada por los titulares, las redes sociales y la confrontación permanente, conviene recordarlo.


La política no es un espectáculo. No es una competición para ver quién humilla más al adversario. No es una guerra de eslóganes ni una sucesión interminable de campañas electorales encubiertas. La política es la herramienta mediante la cual se toman decisiones que afectan a millones de ciudadanos.


Cada decisión política tiene un impacto real.


Cuando se construyen viviendas, o se bloquean durante años, hay jóvenes que podrán emanciparse o que seguirán atrapados en casa de sus padres. Cuando se aprueba una ley educativa, se está moldeando la formación y los valores de las próximas generaciones. Cuando se modifican impuestos, pensiones o ayudas sociales, millones de trabajadores, autónomos y jubilados ven alterada su realidad cotidiana.


Por eso resulta preocupante observar cómo una parte creciente de la clase política parece más interesada en ganar el próximo titular que en resolver los problemas reales de la sociedad.


La crispación genera atención mediática, pero no genera soluciones.


La propaganda produce aplausos entre los convencidos, pero no mejora la vida de quienes esperan respuestas.


Y la división permanente puede proporcionar ventajas electorales a corto plazo, pero acaba debilitando la confianza en las instituciones y erosionando la convivencia entre ciudadanos.


El Papa recordó algo que debería constituir el principio básico de cualquier servidor público: la política existe para servir a las personas, no para servirse de ellas.


Es una idea sencilla. Tan sencilla que, en ocasiones, parece haber quedado sepultada bajo toneladas de estrategia, cálculo electoral y comunicación política.


Porque detrás de cada ley hay familias.


Detrás de cada presupuesto hay trabajadores, empresarios, pensionistas y jóvenes que intentan construir un proyecto de vida.


Detrás de cada decisión pública hay personas que disfrutarán o sufrirán sus consecuencias durante años.


Cuando los políticos olvidan esta realidad, la política deja de ser una herramienta de progreso para convertirse en un simple ejercicio de poder.


Y cuando eso ocurre, la factura nunca la pagan quienes ocupan los escaños, ni quienes diseñan las campañas electorales.


La paga la sociedad. La pagan quienes esperan una vivienda que no llega. La pagan quienes soportan listas de espera interminables. La pagan quienes buscan oportunidades y encuentran bloqueo, burocracia o abandono.


Quizá por eso una de las reflexiones más valiosas que dejó la intervención de León XIV no tuvo que ver con la religión, sino con la responsabilidad. La responsabilidad de quienes legislan, de quienes gobiernan y de quienes aspiran a gobernar. Porque la política no debería medirse por el número de titulares conseguidos ni por la intensidad de los aplausos de los propios, sino por la capacidad real de mejorar la vida de los ciudadanos.


Por eso conviene recordar una verdad que debería ser evidente: gobernar no consiste en derrotar al adversario. Gobernar consiste en mejorar la vida de los ciudadanos.


Todo lo demás es ruido. Y el ruido jamás ha resuelto un solo problema.


Miguel Ángel Arranz

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