Hay que cerrar ya WHATSAPP.
- 19 abr
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Hay algo que empieza a ser incómodo para el poder en España. Muy incómodo. Y no es la oposición, ni los medios, ni siquiera la justicia. Es algo mucho más sencillo, más cotidiano, más difícil de controlar: el rastro digital. Concretamente, los mensajes de WhatsApp.
La secuencia se repite una y otra vez, como un guion ya aprendido. Primero, el escándalo. Después, la negación. Más tarde, el clásico “eso está manipulado”. Y finalmente, cuando la evidencia es ya imposible de esconder, la rendición: los mensajes eran reales. Y no solo reales, sino utilizados como prueba en procedimientos judiciales. Es decir, lo que empieza siendo “bulo” acaba convertido en prueba.
Y ahí está el problema. No para los ciudadanos, sino para quien gobierna.
Porque WhatsApp ha pasado de ser una herramienta de comunicación a convertirse en una especie de archivo involuntario de la verdad. Sin filtros. Sin relato. Sin maquillaje. Mensajes escritos en caliente, sin estrategia, sin argumentario de Moncloa, sin asesores corrigiendo cada coma. La realidad pura. Y eso, en política, es dinamita.
A partir de ahí, la pregunta es bastante evidente: ¿cuánto va a tardar el poder en intentar controlar eso?
No sería la primera vez que se empieza señalando un problema legítimo —la desinformación, los bulos, la manipulación— para acabar justificando un recorte mucho más profundo. Ya lo hemos visto antes. Primero se alerta del peligro. Luego se crea el marco. Y finalmente se actúa. Y cuando se actúa, nunca es para perder control, sino para ganarlo.
No es descabellado pensar que el siguiente paso sea señalar directamente a WhatsApp como un problema estructural. Que si es una empresa extranjera. Que si no garantiza la “seguridad informativa”. Que si no colabora lo suficiente. El manual está escrito. Y a partir de ahí, la puerta queda abierta a lo que venga: limitaciones, regulaciones a medida o directamente la sustitución por herramientas “más seguras”. Más seguras, claro… para quien gobierna.
Porque aquí no se trata de tecnología. Se trata de control.
Y cuando un canal se convierte en una amenaza para el relato oficial, deja de ser una herramienta útil y pasa a ser un objetivo. Hoy son los mensajes que destapan escándalos. Mañana será la excusa perfecta para intervenir.
El problema no es WhatsApp.
El problema es que, por primera vez en mucho tiempo, hay algo que no pueden controlar del todo.
Y eso, en determinados despachos, empieza a ser insoportable.
Miguel Ángel Arranz

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