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La carroña nacionalista

  • 19 ene
  • 2 Min. de lectura


Pedro Sánchez insiste en llamar negociación a lo que en realidad es chantaje político sostenido con dinero y poder que no le pertenecen. Las cinco nuevas transferencias al País Vasco no responden a una mejora del Estado ni a una lógica administrativa. Responden a una sola cosa: comprar tiempo en La Moncloa.


Gestión del paro, prestaciones no contributivas, Salvamento Marítimo, Seguro Escolar y organismos técnicos del Estado. No son detalles menores. Son palancas de poder, presupuesto, estructura y capacidad de decisión que salen del Estado y se entregan a un gobierno autonómico concreto porque sus votos son imprescindibles.


Y aquí está la gran mentira que nadie quiere decir en voz alta: los nacionalistas jamás van a acabar con el Gobierno de Pedro Sánchez, por muy corrupto, desgastado o políticamente terminal que esté. Es imposible. Sánchez no es el problema para ellos: es la llave.


La llave para desmantelar el Estado desde dentro, transferencia a transferencia, cesión a cesión, sin necesidad de romper nada de golpe. ¿Para qué derribar un gobierno débil si puedes exprimirlo hasta vaciarlo?


Cada escándalo que debilita a Sánchez no acelera su caída; encarece el precio de su supervivencia. Y ese precio se paga siempre igual: más competencias, más dinero, más excepcionalidad. Siempre para los mismos.


Aquí no hay negociación entre iguales. Hay un presidente sin mayoría estable usando lo que es de todos —recursos públicos, estructura estatal, competencias comunes— como moneda de cambio personal. El dinero público, efectivamente, “no es de nadie”… cuando conviene repartirlo para seguir gobernando.


El resultado es perverso:– Un Estado cada vez más fragmentado.– Comunidades de primera y de segunda.– Y nacionalismos fortalecidos que no quieren que Sánchez caiga, sino que aguante lo justo para seguir cediendo.


Sánchez no gobierna España: la administra por plazos, pagando peajes políticos para llegar al siguiente voto. Y los nacionalistas no lo sostienen por afinidad ideológica, sino por puro interés estratégico.


Llamarlo negociar es un insulto. Esto es comprar apoyos con lo de todos mientras se vacía el Estado por dentro. Y lo más grave: ya ni siquiera se disimula.


Miguel Ángel Arranz

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