La foto de la vieja política
- 21 jul
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Hay fotografías que pretenden transmitir una cosa y terminan transmitiendo exactamente la contraria. La foto del equipo de Gobierno de Alcobendas en su comida de verano ( menuda inventada ) pretende proyectar unidad, compañerismo, cercanía y eso que tanto gusta repetir en política: “somos un equipo”. Muy bien. ¿Y?
Porque quizá alguien debería explicar a nuestros gobernantes que estamos en 2026 y que los ciudadanos han cambiado bastante más deprisa que la comunicación política de algunos ayuntamientos. Hubo un tiempo en el que estas fotografías funcionaban. Políticos sonrientes, abrazados, celebrando comidas y exhibiendo buen ambiente. El mensaje era sencillo: mirad qué unidos estamos, mirad qué gran equipo tenemos, mirad qué bien nos llevamos.
Eso era política del siglo pasado. Hoy la pregunta del ciudadano probablemente sea bastante más incómoda:
¿Y a mí qué me importa lo bien que os lo paséis juntos?
El vecino no necesita saber si el equipo de Gobierno hace piña. Necesita saber si funciona. No quiere ver cuánto se quieren sus concejales. Quiere calles limpias, impuestos razonables, seguridad, vivienda accesible, servicios públicos que respondan y políticos que administren correctamente hasta el último euro que sale de su bolsillo. Y, sobre todo, quiere algo que empieza a cotizar demasiado caro en política: humildad, limpieza y honradez.
Por eso estas fotografías empiezan a producir un efecto diferente al que seguramente imaginan quienes las diseñan. Donde ellos quieren transmitir equipo, algunos ciudadanos pueden ver ostentación. Donde quieren transmitir cercanía, pueden transmitir burbuja. Y donde quieren enseñar lo felices que están gobernando juntos, alguien puede hacerse una pregunta mucho más sencilla:
¿Quién paga la comida?
No afirmo que la haya pagado el Ayuntamiento. No lo sé. Quizá cada uno haya pagado religiosamente su parte. Pero precisamente ahí está el problema de comunicación. Cuando gobiernas administrando dinero público deberías entender que cualquier exhibición de comidas, celebraciones o encuentros de quienes ostentan el poder exige una sensibilidad especial.
Porque los tiempos han cambiado.
La política moderna debería consistir cada vez menos en enseñar al político y cada vez más en enseñar lo que ha conseguido el político. Menos fotografías de familia. Más resultados.
Menos sonrisas perfectamente colocadas. Más rendición de cuentas. Menos “mirad qué equipazo somos”.
Más “mirad qué hemos hecho con vuestro dinero”.
Y aquí aparece una cuestión que quizá alguien debería empezar a plantearse seriamente en el entorno de la alcaldesa. Tal vez habría que revisar no solo la comunicación del Gobierno, sino también los conceptos políticos con los que trabajan algunos de los opinólogos, politólogos, estrategas, asesores y pensólogos que la rodean.
Porque quizá esos conceptos se han quedado anclados diez o veinte años atrás. La fotografía de familia. La exhibición de unidad. El somos una piña. El mirad qué equipazo. La sonrisa colectiva cuidadosamente difundida para intentar transmitir fortaleza, estabilidad y felicidad.
Todo eso pertenece a una forma antigua de entender la comunicación política. Y si quienes tienen precisamente la responsabilidad de pensar alrededor de un gobernante no son capaces de detectar que la sociedad ha cambiado, quizá haya que preguntarse qué está ocurriendo.
Puede que se hayan acomodado. Puede que hayan dejado de cuestionar. O puede que hayan terminado confundiendo una función esencial en política: asesorar no es adorar. Porque un buen asesor no está para decirle al gobernante todos los días lo maravilloso que es. Está precisamente para hacer lo contrario cuando sea necesario. Para incomodarle. Para advertirle. Para anticiparle problemas. Para decirle que una estrategia ya no funciona. Para explicarle que una fotografía que dentro del despacho parece fantástica puede provocar exactamente el efecto contrario cuando sale fuera. Eso es asesorar. Lo otro es hacer de palmero.
Y uno de los mayores problemas que puede sufrir cualquier gobernante comienza precisamente cuando alrededor del poder desaparecen quienes contradicen y empiezan a proliferar quienes simplemente adoran al líder. Porque entonces el asesor deja de ser asesor. Se convierte en cortesano. Y los cortesanos tienen una característica histórica bastante conocida: siempre dicen al poder aquello que el poder quiere escuchar.
Qué gran equipo. Qué buena foto. Qué unidos estamos. Qué bien lo estamos haciendo.
Hasta que llegan las elecciones y descubren que fuera del despacho existía una realidad bastante diferente.
Quien verdaderamente quiere ayudar a un político en su progresión no le dice permanentemente que todo lo hace bien. Le señala aquello que está haciendo mal. Porque para recibir aplausos no hacen falta asesores. Para eso basta con tener palmeros.
La sociedad está cansada de la política autorreferencial. De políticos hablando de políticos. De políticos fotografiándose con políticos. De políticos felicitándose entre políticos. De políticos celebrando lo estupendamente que trabajan mientras el ciudadano observa desde fuera preguntándose qué tiene exactamente que celebrar él.
Y esto resulta especialmente contradictorio cuando quienes gobiernan pretenden representar modernidad, renovación y nuevas formas de hacer política. Porque esta fotografía podría tener veinte años.
Cambiarían las caras. Cambiaría la ropa. Cambiarían los teléfonos móviles con los que se hace. Pero el concepto sería exactamente el mismo.
La vieja política creyó durante demasiado tiempo que enseñar poder generaba admiración.
La sociedad actual empieza a exigir justamente lo contrario:
que quien tiene poder no necesite exhibirlo.
Que lo ejerza con humildad. Que gestione bien. Que sea limpio. Que sea honrado. Y que cuando termine su jornada no necesite explicarnos lo estupendamente que se lleva con sus compañeros. Porque un Gobierno municipal no es una familia. Ni una pandilla. Ni un departamento de Recursos Humanos haciendo team building. Es un grupo de personas contratadas temporalmente por los ciudadanos para gestionar su ciudad.Y conviene no olvidarse de una palabra. Temporalmente.
Quizá cuando comprendan algo tan sencillo empiecen realmente a hablar de nueva política. Y quizá quienes rodean a la alcaldesa deberían preguntarse también cuál es realmente su trabajo: ayudarla a evolucionar políticamente o convencerla cada mañana de que todo lo que hace es maravilloso.
Porque son dos cosas completamente diferentes.
Mientras tanto, pueden seguir sonriendo para la foto. Pueden seguir haciendo piña. Pueden seguir diciéndose unos a otros qué fantástico equipo forman. Pero que no confundan una fotografía de un Gobierno feliz con la fotografía de una ciudad satisfecha. No vson lo mismo.
Miguel Ángel Arranz

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