Las joyas y los dos trajes de Paco Camps
- 2 jun
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¿Os acordáis de Francisco Camps? ¿Os acordáis de aquellos años en los que España parecía estar ante el mayor escándalo de corrupción de la historia porque, supuestamente, le habían regalado unos trajes?
Porque conviene refrescar la memoria. Durante años, Camps fue sometido a una persecución política, mediática y personal absolutamente salvaje. Portadas. Telediarios. Tertulias. Editoriales. Horas y horas de televisión. Juicios paralelos. Linchamiento público permanente.
Parecía que la Comunidad Valenciana estaba gobernada por un personaje salido de una película de mafiosos. Y al final, ¿cuál era una de las imágenes que la izquierda utilizaba constantemente para destruirle políticamente? Los famosos trajes. Los trajes de Camps.
La caricatura permanente de un presidente autonómico reducido durante años a una supuesta trama de corrupción vinculada a regalos de ropa. El símbolo perfecto para construir un relato político. Pero ahora resulta que España asiste a otra escena muy distinta.
Ahora aparecen más de un centenar de piezas de joyería, relojes, collares, pulseras, pendientes y objetos de lujo guardados en una caja fuerte vinculada al entorno de José Luis Rodríguez Zapatero, dentro de una investigación judicial en marcha. Según distintas informaciones, la Policía ha solicitado incluso una valoración especializada de esas piezas para determinar su valor real.
Y aquí es donde empieza el espectáculo. Porque los mismos que durante años convirtieron dos trajes en un asunto de Estado ahora piden prudencia extrema. Los mismos que llenaban tertulias enteras hablando de regalos, favores y corrupción ahora se apresuran a explicar que las joyas pueden proceder de herencias familiares o de regalos recibidos durante años. Curioso.
Cuando era Camps, la sospecha era suficiente. Cuando es uno de los suyos, la sospecha se convierte automáticamente en una agresión intolerable. Cuando era Camps, el juicio mediático iba por delante del judicial. Cuando afecta a la izquierda, entonces aparece la presunción de inocencia, la moderación, la cautela y los llamamientos a no sacar conclusiones precipitadas.
Y no. Aquí no se trata de condenar a nadie antes de tiempo. Precisamente porque algunos sí aprendimos algo de aquellos años. La justicia debe actuar. Las investigaciones deben llegar hasta el final. Y nadie debería ser condenado mediáticamente antes de que hablen los tribunales. Lo que se denuncia es la obscena doble vara de medir.
Porque resulta imposible no recordar aquellos años de acoso constante a Francisco Camps mientras ahora se observa cómo muchos intentan pasar de puntillas sobre un asunto que, como mínimo, despierta preguntas evidentes. Porque cuando alguien guarda determinadas piezas en una caja fuerte no lo hace porque tengan el mismo valor que un reloj comprado en una estación de servicio.
Por eso estaban en una caja fuerte.
Y precisamente por eso la Policía quiere conocer su valoración exacta. La diferencia es que unos convirtieron unos trajes en una causa nacional durante casi una década.Y otros pretenden que más de cien piezas de joyería de lujo aparecidas en una investigación judicial sean poco menos que una anécdota doméstica.
La historia política española está llena de hipocresías. Pero pocas tan evidentes como esta. Porque al final no era una cuestión de corrupción. Ni de regalos. Ni de ética pública.
Era una cuestión de quién se sentaba en el banquillo mediático. Y de quién recibía protección política.
Los trajes de Camps fueron utilizados durante años como arma política. Las joyas de hoy, para algunos, parecen merecer silencio. Y ahí está exactamente el problema
Miguel Ángel Arranz

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