Las miserias de Zapatero como ser humano
- 23 may
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Vaya por delante algo que algunos utilizan ya como escudo automático cada vez que aparece una información incómoda: la presunción de inocencia. Por supuesto. Siempre. Faltaría más. Pero una cosa es la presunción de inocencia y otra muy distinta mirar hacia otro lado cuando todo empieza a oler demasiado mal.
Y lo de Zapatero huele mal. Muy mal.
Porque aquí ya no estamos hablando simplemente de afinidades ideológicas con el régimen venezolano. Eso ya lo conocíamos. Ya sabíamos quién llevaba años blanqueando una dictadura que ha arruinado a un país entero mientras millones de venezolanos escapaban del hambre, de la inseguridad y de la miseria. Lo que empieza a aparecer ahora es algo todavía más obsceno: la sospecha de que alrededor de toda esa “mediación”, toda esa “diplomacia” y toda esa “asesoría”, había negocios.
Negocios.
Y ahí es donde la cosa adquiere una dimensión moral repugnante.
Porque una cosa es equivocarse políticamente. Otra es enriquecerse —presuntamente— alrededor de un régimen que tiene a su población sometida mediante miedo, pobreza y dependencia absoluta del poder. Un régimen donde la gente hace colas para comer mientras otros hacen fortuna moviéndose en despachos, hoteles de lujo y reuniones opacas.
Y claro que impacta especialmente un detalle: las hijas.
Porque si todo esto termina confirmándose judicialmente, hay algo profundamente ruin en haberlas situado alrededor de ese entorno. Y no vale la excusa facilona de “ellas también decidirían”. No. Un padre sabe perfectamente el terreno en el que mete a su familia. Y si el terreno está lleno de sombras, comisiones, intereses cruzados y dictaduras amigas, el nivel de irresponsabilidad es gigantesco.
Lo más irónico es que estamos hablando de quien durante años fue presentado como la gran reserva moral del socialismo español. El hombre dialogante. El pacificador. El referente ético de la izquierda moderna. El político sensible. El humanista.
Y al final, como casi siempre ocurre con cierta izquierda oficial, detrás de los discursos grandilocuentes aparece lo mismo: poder, influencia y dinero.
Mucho dinero.
Porque esa es la gran estafa política del socialismo contemporáneo: convencer al ciudadano humilde de que luchan por él mientras determinadas élites viven extraordinariamente bien gracias precisamente a los sistemas que dicen combatir. Hablan del pueblo mientras hacen negocios alrededor del sufrimiento del pueblo.
Eso es lo verdaderamente indecente de todo esto.
Que Venezuela no es un país cualquiera. Venezuela es un drama humano. Es un país destruido. Familias separadas. Gente huyendo. Ancianos sin medicinas. Jóvenes escapando por millones. Y mientras tanto, alrededor de ese desastre, aparecen figuras internacionales, mediadores, asesores, “lobistas” y supuestos facilitadores moviéndose como peces en el agua.
Hay que tener muy poca vergüenza.
Y lo peor es que, si esto acaba explotando del todo, veremos el patrón habitual: primero negarlo todo, luego desacreditar a jueces y policías, después hablar de persecución política y finalmente hacer como que nunca conocieron demasiado a Zapatero.
El manual ya nos lo sabemos. Pero hay algo que cada vez cuesta más tapar: que demasiados dirigentes que se llenan la boca hablando de ética pública llevan años viviendo alrededor del negocio del poder. Y cuando el negocio está vinculado a dictaduras empobrecedoras, el retrato moral ya no es solamente político.
Es directamente miserable.
Miguel Ángel Arranz

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